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La(s) ceguera(s) en la obra de Guadalupe Nettel

En una charla impartida por la escritora mexicana contemporánea Guadalupe Nettel en la UNAM en agosto de 2017, ella aludió a la “ceguera selectiva” que hay en México. Relacionó el concepto con la capacidad de los habitantes de ver, y estar conscientes de, las realidades desgarradoras que se viven en el país, pero a la vez, de seguir con nuestras vidas como si no sucediera nada: hacer, pues, que no vemos. Este concepto, en cuanto a su alusión a una especie de ceguera social, se puede asemejar al de la “retinosis pigmentaria” en el uso particular que le da Jean-Paul Sartre, citando al periodista cubano Óscar Pino Santos, en el primero de los textos que conforman Huracán sobre el azúcar, escritos a raíz del viaje de Sartre a la isla en 1960, para referirse a la realidad cubana.

En la obra de Nettel, la preocupación con esta ceguera metafórica se manifiesta a la par de su tratamiento de la ceguera fisiológica, tema con el que la autora tiene una relación personal que se pone de relieve en El cuerpo en que nací (2011), obra basada en su propia infancia y adolescencia y en la que ella hace referencia a su discapacidad visual. La convergencia de los temas de la ceguera social y la ceguera visual encuentra su expresión más conmovedora en la novela El húesped (2006), donde se alude a cómo el proceso de la ceguera física de Ana, la protagonista, le obliga a abrir los ojos a las realidades de las comunidades que viven en las sombras, al margen de la sociedad. En este texto, me enfocaré en la ceguera, en su doble manifestación, en El huésped y El cuerpo en que nací. Asimismo, estableceré algunas comparaciones entre el tratamiento de Nettel de la “ceguera selectiva” mexicana y el de Sartre.

En El cuerpo en que nací se presentan, en primera persona, como el título lo indica, recuerdos y reflexiones sobre el pasado de la narradora, dirigidos al personaje de la doctora Sazlavski (psicóloga o psicoanalista), quien nunca interviene en la narración. Ésta comienza así:

Nací con un lunar blanco, o lo que otros llaman una mancha de nacimiento, sobre la córnea de mi ojo derecho. No habría tenido ninguna relevancia de no haber sido porque la mácula en cuestión estaba en pleno centro del iris, es decir justo sobre la pupila por la que debe entrar la luz hasta el fondo del cerebro. […Los médicos] les aconsejaron [a mis papás] someterme a una serie de ejercicios fastidiosos para que desarrollara, en la medida de lo posible, el ojo deficiente (El cuerpo 11).

Una de las soluciones propuestas para luchar contra el impedimento físico fue ponerle un parche a la niña que, como su yo adulta explica, “me tapaba el ojo izquierdo durante la mitad del día. […] Llevarlo me causaba una sensación opresiva y de injusticia” (12). Esta sensación derivaba, pues, del hecho de que, literalmente, le tapaban el ojo; no podemos pasar por alto las implicaciones simbólicas de esta idea, la cual se desarrolla a lo largo de El cuerpo en que nací. Cuando —sigue la narradora— en las tardes se le permitía desprender el parche, ella sentía que se le “devolvía al mundo de la claridad y de las formas nítidas”, lo cual representaba para ella un universo “siempre liberador y a la vez de una precisión apabullante” (13).

La parcial ceguera fisiológica en la vida de la narradora tendrá, como vemos en la medida en que seguimos avanzando en la lectura de la obra, puntos de contacto con la ceguera metafórica, en dos ámbitos en particular: el familiar y el social. Respecto al primero, la narradora nos cuenta que había crecido en un ambiente relativamente progresista (20), aunque no al extremo. Pero sí tenían “consignas particulares”, como “la de no mentirnos” (21), lo cual le parecía a la narradora una “decisión absurda […] que lograron respetar, durante algunos años, en cosas no tan fundamentales, como la inutilidad de la religión, la existencia de Santa Claus [… y] la forma en que los niños vienen al mundo” (21-22). Por lo tanto, ella se sintió privada, por ejemplo, de la ilusión relacionada con la “magia de la Navidad” (22); afirma que, cuando veían a un hombre disfrazado de Santa Claus en los centros comerciales, sus padres les decían que “se trataba de un impostor”, con lo que “convertían al fabuloso Santa en un ser lastimero, por no decir patético” (22). Asimismo, poca inocencia se les permitía a ella y a su hermano respecto al tema de la sexualidad en pareja: “otra de las ideas dominantes en mi familia era la de otorgarnos una educación sexual libre de tabúes y represiones de cualquier índole” (23). Pareciera, entonces, por un lado, que ella y su hermano vivían en un mundo en el que se les obligaba, a una edad temprana, a ver todo —o quizá podríamos decir ver demasiado— en su entorno social inmediato.  Pero por otro, a pesar de esta aparente “claridad” con la que se les forzaba a ella y a Lucas, su hermano, a ver estas “verdades”, había aspectos de la realidad social que se les ocultaban, los cuales tenían, definitivamente para la narradora, mayor importancia y posibles consecuencias más graves. Por ejemplo, aunque sí se les hablaba de manera aparentemente abierta sobre el sexo, la superficialidad de la respuesta que le dio su madre cuando ella le preguntó, “¿para qué tiene la gente relaciones sexuales?”, respuesta que fue: “para sentir placer […. Es] algo que nos gusta mucho, como bailar o comer chocolates” (25), muestra, más bien, un intento de taparles un ojo a otras implicaciones de la sexualidad, las cuales ella tuvo que descubrir sola y cuya comprensión resultó profundamente aterradora, debido precisamente a la ceguera parcial en la que la mantenían sus padres:

Aunque nadie me lo dijo, no tardé en comprender que el sexo no era únicamente una cuestión de placer como los chocolates: también podía ser la manera de lastimar de forma muy profunda y definitiva a otra persona. Lo descubrí gracias a la costumbre que tenía en aquel entonces de escuchar detrás de las puertas (33).

La narradora se refiere aquí a la conversación que escuchó entre su madre y una vecina, por la cual se enteró de que “el día anterior, en el jardín donde yo solía bañar a mis muñecas, un empleado de la limpieza había «abusado» de [la] hija [de la vecina,] Yanina[,] en plena luz del día” (34). De ahí explica que:

En ese momento, no entendí la manera en que habían ocurrido las cosas, lo que sí comprendí es que a la niña le habían hecho algo horrible e irremediable. […] Cuando la vecina se fue, intenté obtener más información, pero mi mamá prefirió cambiar de tema. […] Sólo en la noche cuando mi padre volvió de la oficina y pensaban que estábamos dormidos, mamá le contó lo ocurrido y así pude enterarme de algunos detalles. Mi padre estuvo de acuerdo en que era mejor no decirnos nada, pero desde entonces empezaron a bajar con nosotros a la plaza (34-35).

A raíz de este recuerdo, que correspondía a cuando la narradora tenía siete años, ella, adulta, pregunta: “doctora Sazlavski, ¿no es mucho peor el efecto del silencio en niños acostumbrados a saber y a preguntarlo todo? ¿No habría sido más conveniente informarnos acerca de los peligros que acechan a los menores […]?” (35). A pesar, pues, de la intención de sus padres de exponerla a las “verdades” de la vida adulta, insistían en ocultarle las más graves, por lo que ella se veía privada, en cierta medida, de la posibilidad de aprender a evitar o a defenderse contra los peligros que existían en la sociedad. Como ella recuenta, después de separados sus padres —resultado, sospecha la narradora, del hecho de que habían decidido “abrir la pareja”, abolir la exclusividad (35-36)—, su madre se volvió sobreprotectora:

Vivía con un miedo constante de aquello en lo que podríamos convertirnos cada vez que escapábamos, así fuera un poquito, de su supervisión. Estaba convencida de que, privado de su severa vigilancia, el mundo se vendría abajo irremediablemente. La vida era un lugar lleno de vicios, personas malintencionadas, actitudes reprochables en cuyas garras era muy fácil caer si uno carecía de su temple y su coraje (40-41).

De nuevo, se alude a una intención de la madre de mantener a sus hijos “ciegos”, de alguna manera u otra, ante los peligros presentes en la sociedad.

Como ya hemos dicho, los recuerdos narrados en El cuerpo en que nací se basan, en mayor o menor grado, en la vida de la autora. Opino que varias de las confusiones experimentadas en su juventud y plasmadas en esta obra figuran también, aunque mayormente ficcionalizadas, en la novela El huésped, publicada cinco años antes que El cuerpo. En ella leemos la historia de Ana, quien vive una lucha interna contra lo que ella llama “La Cosa”, una especie de alter ego que la acecha y la perjudica gravemente en su vida personal, familiar y académica. Tanto Ana como el lector de su historia se ven envueltos en la confusión e incertidumbre causadas por las amenazas ambiguas que se le atribuyen implícitamente a “La Cosa”: ¿la inminente ceguera de Ana? ¿La desintegración de su familia? A lo largo de la novela, Ana va asimilando las posibles implicaciones de la presencia de “La Cosa” en su vida, mediante su trabajo de voluntaria en una casa para personas con discapacidad visual, su amistad con los personajes el Cacho y Madero, y su ingreso, físicamente, al mundo subterráneo de la Ciudad de México.

La novela está divida en tres partes, en las cuales la protagonista, Ana, sufre pérdidas ‘literales’, o tangibles: en las primeras dos, pierde a personas cercanas a ella, y en la tercera pierde casi completamente la vista. Hay que señalar que esta última pérdida sucede gradualmente a lo largo de la obra y está estrechamente relacionada con la presencia de “La Cosa” en la vida de la protagonista. Asimismo, en el transcurso de la novela, Ana también sufre una pérdida simbólica: la de la inocencia, la de la ignorancia ante las realidades ocultas de su entorno: la pérdida, pues, de su ceguera social. En El huésped, Ana no se conforma simplemente con el “escuchar detrás de las puertas” al que recurría la narradora de El cuerpo, sino que emprende una verdadera búsqueda de los lugares y de las personas que viven al margen de la sociedad y se integra plenamente con ellos.

Para los fines del presente análisis, me enfocaré principalmente en las segundas dos partes de la novela; sólo aclararé que en la primera, fallece el hermano de Ana y con eso comienza la desintegración de su familia, a la que contribuirá también el abandono de la casa familiar por parte de su padre. Al principio de la segunda parte, y mientras ella va asimilando cada vez más la presencia de “La Cosa” en su vida, así como su progresiva ceguera, ella empieza a trabajar como lectora de obras literarias en voz alta en una casa para personas con discapacidad visual. Lo que al principio se manifiesta como un deseo tímido de Ana de acercarse al mundo de los habitantes y visitantes de la casa se convierte, poco a poco, en su adentramiento en dicho mundo. Conoce al Cacho, un hombre, como dice ella, “barbudo”, “cojo” y “mendigo” (El huésped 70-90 passim) que la introduce a un mundo subterráneo habitado por marginados sociales: no sólo ciegos sino múltiples individuos que encontraban refugio en no tener que habitar el mundo de la luz.

La puerta de acceso al mundo subterráneo es el metro de la Ciudad de México (101 y ss), y Ana se deja guiar hacía y dentro de él por Cacho. Ahí, conocerá a dos otros personajes que también jugarán un papel muy significativo en la pérdida de la ceguera social de Ana: Marisol, cuya muerte, tras su secuestro, presuntamente por las autoridades, es inminente al final de la segunda parte y de la que se entera Ana en la tercera; y Madero, un hombre que se quedó ciego a los trece años cuando le “echaron aerosol en una pelea” (118). Es vía las pláticas entre Madero y Ana que ella va asimilando cada vez más lo que significa vivir sin el sentido de la vista. Él le explica que “el metro es el mejor lugar para vivir en México” (121), y defiende el encierro al decir: “todo depende si prefieres estar atrapada adentro o afuera, pagar impuestos, mantener con mordidas a los oficiales de tránsito o acá pidiendo limosna y eligiendo tu vida” (122).

Mediante sus experiencias en el mundo subterráneo, su cercanía con Cacho, y los preparativos para la fatídica noche en la que ella y Marisol irían a entregar sobres llenos de excremento para ser depositados en las urnas para las elecciones de diputados (151-152), Ana experimenta la fraternidad de una manera completamente nueva (ver 144). Asimismo, se le abren los ojos a las atrocidades que se cometen en la oscuridad, en particular, por parte de miembros de la sociedad dominante, y, de manera más terrorífica todavía, por las autoridades legales. Como le explica Marisol al principio de aquella noche catastrófica, “si nos agarran vamos a conocer los sótanos de Topacio. Cortesía de la PGR, claro” (147). Cuando, en la tercera parte, Cacho habla sobre la muerte de Marisol, le dice a Ana, “La encontraron hace tres días, cerca de ahí, con todos los huesos rotos. No sé cómo pudieron reconocerla. […] Me llamaron para identificar el cuerpo. Ni siquiera la habían cubierto. Estaba distinta, su piel parecía de plástico y todos esos moretones” (182-183).

Es hacia el final del libro que leemos uno de los pronunciamientos más contundentes y reveladoras de Ana:

México ya no nos pertenece. Hemos desarrollado un ojo selectivo que fragmenta y edita los teléfonos descompuestos, los vidrios rotos, la señora que tirita en su rebozo, sentada en la banqueta, los desagües constipados, el asalto que sucede frente a nuestras narices. La cuidad que elegimos ver es una fachada hueca que cubre los escombros de todos nuestros temblores (175).

Se refiere, pues, a la “ceguera selectiva” de la que habló Nettel en su charla en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en 2017. Tanto en dicha charla como en El huésped, Nettel alude a la capacidad de la gente de ver y a la vez de no ver, y de usar un “ojo selectivo” para sólo ver la “fachada hueca”.

Encuentro importantes puntos de contacto entre esta ceguera a la que se refiere Nettel, por una parte, y la “retinosis pigmentaria” en su uso por Sartre, por otra, en cuanto ambas se relacionan con un no-ver de realidades por algún motivo u otro indeseables de ver. Dichas realidades, claro está, son distintas en cada caso, exclusivas de la sociedad en la que se enmarcan, pero con ambos conceptos se alude a una tendencia de cegarse ante ellas, negar su existencia, sea consciente o inconscientemente.

Los artículos recopilados en Huracán sobre el azúcar se publicaron primero en francés en el diario France-soir después del regreso de Sartre a Francia de su viaje a Cuba en 1960. La colección abre con un artículo en el que el filósofo nota la opulencia de las zonas turísticas frecuentadas por “yanquis” (7); la presencia de productos importados de Estados Unidos; el precio elevado de la comida en restaurantes finos; la abundancia de clubs y cabarets, y pregunta: “¿dónde está la austeridad cubana?” (10). Pero sentado a su mesa en la habitación que ocupó en el Hotel Nacional, viendo por las ventanas “el tumulto estático de los paralelepípedos rectangulares”, afirma: “me siento curado de la maligna afección que estuvo a punto de ocultarme la verdad de Cuba: la retinosis pigmentaria” (10). Explica que el término no es de su vocabulario, sino que lo vio al leer un discurso pronunciado por Óscar Pino Santos el 1º de julio de 1959, en el que el periodista cubano expresó: “existe una enfermedad de los ojos que se nombra «retinosis pigmentaria» y que se manifiesta por la pérdida de la visión lateral. Todos los que se han llevado de Cuba una visión optimista son grandes enfermos: ven de frente y nunca con el rabillo del ojo” (10). Escribe Sartre: “no conocía esa palabra: retinosis. Pero hace ya algunos días que he comprendido mi profundo error y he sentido vacilar mis prejuicios: he advertido de pronto que para descubrir la verdad de esta capital, había que tomar las cosas por el otro extremo” (10).

El escritor cubano Antonio José Ponte, en La fiesta vigilada, retoma estas observaciones de Sartre, no sin mencionar, respecto al tema de los defectos oculares, el estrabismo del que padecía el filósofo. Ponte emplea dichas observaciones, junto con descripciones de fotos de Sartre en Cuba en 1960 y referencias a la “escala habanera” que hizo la pareja Sartre-De Beauvoir posteriormente a ese viaje (84), para reflexionar sobre temas socio-políticos y sobre los cambios ocurridos a partir de la década de los años 60. De este modo, Ponte le otorga una nueva vigencia a la preocupación expresada primero por Pino Santos y después por Sartre sobre la visión sesgada que históricamente se ha tenido respecto a la situación cubana. Nettel, por su parte, abarca el tema de la ceguera para reflexionar sobre aspectos de las realidades urbanas mexicanas a los que muchos preferirían taparse los ojos, y propone mirar dichas realidades por el rabillo del ojo, para así hacer ver a sus lectores que son mucho más complejas de lo que se ve de frente.

* Este texto fue leído en el marco del Coloquio “Expectativas, logros y desengaños del nuevo milenio en la historia y la cultura de mujeres latinoamericanas y caribeña” el 20 de febrero de 2019 en Casa de las Américas (La Habana).

Bibliografía:

Nettel, Guadalupe. El huésped. Anagrama, 2006.

_____. El cuerpo en que nací. Anagrama, 2011.

Ponte, Antonio José. La fiesta vigilada. Anagrama, 2007.

Sartre, Jean Paul. Huracán sobre el azúcar. Ediciones Uruguay, 1961.

Acerca de la autora

Jessica C. Locke es investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Estudió la licenciatura en Estudios Hispánicos en McGill University en Montreal, y la maestría y el doctorado en Literatura Hispánica en El Colegio de México. Una de sus áreas de investigación es la literatura novohispana. Actualmente se encuentra en prensa, en la editorial Iberomericana/Vervuert, su libro titulado “Es grande el poder de la poesía”…. Asimismo, es coordinadora, junto con Ana Castaño y Jorge Gutiérrez Reyna, del proyecto Historia de las literaturas en México: Siglos XVI-XVIII. La otra área principal en la que se centran sus estudios es la obra de escritoras de los siglos XX y XXI, mexicanas y mexicoamericanas, tales como Elena Garro, Josefina Vicens, Guadalupe Nettel, y Sandra Cisneros. Tiene dos capítulos de libro y múltiples participaciones en reuniones académicas en esta área. Ha impartido numerosos cursos curriculares a nivel licenciatura en la University of Mary Washington, en el TEC de Monterrey y la UNAM.

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