Portada de la edición de Elefanta

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Los devoró la selva: terror y maternidad en El cielo de la selva

El cielo de la selva, de la escritora cubana Elaine Vilar Madruga, fue editada primero en España por Editorial Lava en 2023 y en México se dio a conocer por Elefanta en 2024. Se trata de una novela muy compleja en muchos sentidos, podría definirse en primera instancia como una novela de terror, gótico y familiar, que une elementos de distintas realidades, convencionales y no convencionales.

Es una obra que posibilita muchas lecturas, en esta ocasión me centraré en dos rutas de análisis. La primera es una lectura ecocrítica; El cielo de la selva permite reflexionar sobre la relación que se da entre la naturaleza y el medio ambiente con los personajes y la trama, puesto que la importancia de la selva no solo radica en ser un espacio o escenario en donde se desarrolla la historia, sino que se convierte en un personaje fundamental.

La selva puede aparentar ser un refugio, pero no es pacífico. En el mundo de afuera, se plantea un contexto de guerra de manera oblicua; en ese contexto, una madre y su pequeña hija llegan a la selva huyendo de una situación insostenible, tratando de mantenerse con vida en medio de un entorno violento, sin hogar, sin recursos y sin nadie más que pueda ayudarlas. En su huida se insertan en una selva indeterminada (que podría estar en cualquier parte de América Latina, no hay coordenadas espacio temporales identificables) en donde encuentran una hacienda solitaria y abandonada que parece ser una solución para sus problemas, pues les proporciona un techo donde vivir.

La madre, en el presente de la narración, es La vieja y su pequeña hija es Santa. Ambas creen estar a salvo hasta que la madre comprende que quedarse en ese lugar no será gratuito, que tendrán que pagar por vivir ahí. La selva pide como pago la sangre de los descendientes. De esta manera, La vieja tendrá que ofrecer en sacrificio a sus hijos en edades tempranas para que la selva pueda alimentarse. Quedarse implica aceptar este pacto: se ofrece la muerte de un niño a cambio de la vida de otros. En la novela el tiempo es cíclico, la voracidad de la selva se calma por momentos pero nunca acaba, a las temporadas de relativa tranquilidad les suceden otras de furia, la selva nunca dejará de tener hambre, nunca dejará de pedir niños. La selva permite vivir en sus dominios a cambio de un precio alto, quienes viven en ella tienen que entregarles a sus hijos pequeños como parte de un ciclo sin fin. Las madres, al estilo de Medea, son obligadas a criar a sus propios hijos como futuro alimento. Si desean vivir en la selva no pueden decidir no ser madres, deben convertirse en productoras de carne humana para que el sistema siga funcionando.

Portada de la edición de Elefanta

La selva es paradójicamente un espacio abierto pero el ambiente es de encierro y de aprisionamiento. Si bien es un espacio al aire libre sus habitantes no pueden escapar o salir, hay una sensación de claustrofobia continua. La selva protege de un mundo despiadado de guerrilleros y narcos, garantiza cierta seguridad a sus habitantes pero, a cambio, ellos renuncian a decidir sobre sus propias vidas y las de sus descendientes. Esta novela es una especie de distopía en la que el ser humano está al servicio de la selva que protege a la vez que aísla del exterior a cambio del sufrimiento femenino, pues las mujeres no dan a luz a sus hijos, sino que los paren y los crían un tiempo breve para después ser despojados de ellos.

La vieja entiende la dinámica de manera clara y rápida. A lo largo de los años, en la hacienda van naciendo niños de La vieja y de otras mujeres que, como ellas van llegando en distintos momentos. Así que la selva reúne a un grupo de mujeres, hay pocos hombres (algunos extranjeros que se quedan un tiempo breve), que son supervivientes de tres generaciones desde que la primera de su familia, La vieja, llega a aquel lugar. Algunas mujeres pueden vivir porque son obligadas a parir para hacer el pago a la selva y lo mismo sucede con algunas niñas que parirán cuando lleguen a la edad para hacerlo. Y todas ellas viven rodeadas por los muertos, por los espíritus de las personas que sirvieron de alimento para la selva, que fueron sacrificados. Rescato entonces la idea de la selva como personaje y como espacio desapacible. Como una selva que no es refugio, como no lo fue tampoco para Arturo Cova en La vorágine, quien también llegó a ella huyendo de la ciudad. Recordemos aquel célebre final de los personajes en donde “los devoró la selva”, aquí también la selva sigue devorando.

Una segunda lectura podría hacerse desde la crítica literaria feminista. Personalmente me interesa sobre todo la forma en la que se plantea la idea de la maternidad y lo que yo considero que se entiende como una crítica al patriarcado en el sentido de que las mujeres tienen un valor si son útiles, de que sirven solo si tienen hijos. Esto implica verlas más como objetos que como sujetos. Y eso, además, se conecta con los límites edadistas; en esta lógica, una mujer que llega a cierta edad deja de tener valor justamente porque ya no puede tener hijos y todo se agrava en la vejez porque ya no produce nada y muchas veces es vista como una carga. Creo que, con respecto a los personajes femeninos, la autora hace una crítica al patriarcado y también al capitalismo en donde las personas valen en función de su utilidad y en donde las mujeres paren hijos que sostienen el capital, pero cuyo trabajo no es remunerado ni es reconocido.

En esta lectura, también puede hacerse énfasis en que El cielo de la selva es un universo predominantemente femenino; si bien hay personajes masculinos, como Lázaro, son personajes como La vieja, Santa, Ifigenia, La perra y Romina quienes llevan el peso de la historia. Todas ellas son muy distintas, pero una de las distinciones principales es determinada por la pertenencia al mundo de afuera o al mundo de adentro. No se comportan igual Santa y La vieja que no nacieron ahí y conocieron otro mundo que personajes como Ifigenia o la Perra, ellas no pueden comparar, no conocen otra realidad que no sea la selva.

Son los personajes femeninos quienes dan vida, quienes deben parir porque sin partos no hay sangre que la selva pueda beber. Hay muchas mujeres: abuelas, madres, hijas, nietas que se encargan de todo y que en ese camino se enloquecen, se animalizan. Son mujeres condenadas por la naturaleza, que es la selva, a parir sin descanso y, además, a no encariñarse con sus hijos. Por eso no hay vínculos maternofiliales amorosos o tiernos y los niños viven temerosos al saber que en el algún momento los matarán para ofrecerlos a la selva. Así que ellos tampoco quieren a sus madres, les tienen miedo.

Además, las mujeres no deciden ni sobre sus vidas ni sobre sus propios cuerpos. Ellas no deciden cuántos hijos, con quién los van a tener ni cómo criarlos, ellas deben tener hijos y deshacerse de ellos cuando la selva lo exija. No son seres humanos, son máquinas productoras de carne. Paren en serie y sus descendientes son entregados a la selva. De esta forma, la obra sustrae toda aura de misticismo en torno a la maternidad. Las mujeres no tienen derechos, no pueden decidir. Las mujeres sirven mientras puedan parir. En el caso de Santa, por ejemplo, llega a la selva siendo niña y pasa su vida ahí embarazándose una y otra vez, produciendo alimento para la selva, pare y pare hasta que es mayor y ya no puede seguir dando niños, entonces es despreciada. Santa entonces pierde la cabeza por no poder seguir pariendo. Hay así también mujeres que se convierten en otras, devienen locas, animales, monstruos, como si reclamaran su derecho a la furia.

Elaine Vilar Madruga, Fotografía de Mauro Cantillo

A ella le seguirá otra mujer como ella siguió a su madre y así sucesivamente. Las mujeres rompen con la idealización de la maternidad, no hay una sola forma de ser madre, no todas son iguales, hay madres más humanas que otras. Por todo lo anterior, la novela nos puede llevar a reflexionar sobre los derechos reproductivos, el derecho a la salud, a partos saludables, a decidir si se desea o no tener hijos, cuántos y con quién, entre otras preguntas.

Sin duda, la maternidad es un tema primordial en la novela que se puede ver desde la dedicatoria “para mis bisabuelas que parieron demasiado y para mis tías, que decidieron no parir”. Hay una fuerte presencia de la genealogía, de los linajes, de las raíces matriarcales.

Ambas lecturas, desde la ecocrítica o desde la crítica literaria feminista, no son excluyentes, corren paralelas, simplemente quise destacar los puntos que más llamaron mi atención aunque habría muchas más cosas que decir de ella. Para concluir, quisiera destacar la originalidad de esta novela en todos los sentidos, formal y temático. El cielo de la selva mantiene un ambiente de tensión y de miedo que logra entre muchos factores, no solo por la construcción de imágenes, sino por los olores e incluso los sonidos (como los chasquidos de la selva). Se trata de una novela con una fuerte carga oral que tiene personajes muy bien construidos, con mucha profundidad, que escapan de la lógica maniquea, sirva de ejemplo el caso de Romina. Tiene además mucho ritmo, es muy inteligente la forma de narrar a través del recurso de varios narradores (primera, segunda, tercera, plural, singular); cada capítulo es narrado por un personaje diferente y la autora echa mano de la anadiplosis como estrategia para mantener el hilo narrativo. Estructuralmente todas las piezas encajan a la perfección, esta historia cíclica es como un mecanismo de relojería en el que no hay cabos sueltos, lo que permite crear una atmosfera de terror en donde las madres son las protagonistas.

Vilar Madruga, Elaine. El cielo de la selva. México, Elefanta, 2024.

Acerca de la autora

Brenda Morales Muñoz

Licenciada, maestra y doctora en Estudios Latinoamericanos (área de literatura) por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Realizó…

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