Andrea, Sarita y María Luisa: estos son los nombres de tres chicas asesinadas en Argentina durante la década de los ochenta cuyas historias forman el cuerpo de la crónica de Selva Almada. La conexión de estos feminicidios con la autora no es la de una reportera y su caso designado; es, más bien, la de una escritora que, en el intento de entender a estas adolescentes en dimensiones más complejas que la de su victimización, comprende que no puede dejar a un lado la conexión personal que tiene con ellas. Chicas muertas abre con un episodio de la infancia de la autora, cuando se entera por primera vez del asesinato de Andrea Danne. Almada tenía trece años cuando escuchó de la puñalada al corazón que terminó con la vida de una chica tan sólo seis años mayor quien vivía en una área rural de Argentina similar a la suya. Andrea no fue la única chica muerta en los 80 y, tres décadas después, Almada indaga en ése y otros dos casos sin resolver para hacer una investigación cuya función es tanto de retrato como etiológica. A pesar de la conexión personal inicial, la crónica resulta ser una exploración a nivel sistémico de la violencia de género en el país natal de la autora. Las anécdotas tanto de la vida propia de la autora como de la familia y los conocidos de cada una de las chicas forman una urdimbre en la que la búsqueda por los culpables deviene en una condena a nivel estructural.
Al final de Chicas muertas, una lectora de tarot conocida como “la Señora” le aconseja a la narradora que concluya su investigación. Le dice “que ya es hora de soltar”, tras lo cual Selva enciende tres velas para despedirse de las chicas (Almada 182). Es una conclusión dulce y triste, no sólo por la tragedia subyacente, sino por el reconocimiento de las limitaciones insuperables de la investigación. Al igual que las pesquisas policiales que la precedieron, los esfuerzos de Almada no logran esclarecer los detalles de los últimos momentos de vida de Andrea, Sarita y María Luisa. Esto es parte de la razón por la cual Selva recurre a la Señora: la metafísica le sirve como fuente alterna tanto de información como de apoyo psicológico cuando los medios oficiales se han mostrado inútiles. Sin embargo, a diferencia de los reportes oficiales, la narración de Chicas muertas identifica una culpabilidad a nivel sistémico. Durante la crónica, se forma una tensión recurrente entre la particularidad de las historias individuales de las víctimas y la generalidad de las estructuras de misoginia y violencia que atraviesan sus cuerpos y sus biografías. Queda claro que los tres feminicidios son parte de un fenómeno que vastamente supera estos casos, pero el mismo proyecto de la escritura de la crónica de Almada se basa en la individualidad de cada chica. Esta tensión remonta a un debate biopolítico señalado por Gabriel Giorgi y Fermín Rodríguez sobre la relación entre el lenguaje y la singularidad:
¿Acaso el lenguaje tiende a suprimir, a borrar, a aplanar aquello que desborda o desbarata las identidades, el reino de lo nombrable en tanto que ya nombrado, el mapa de lo conocido y de lo ya-dicho? En este sentido, ¿las palabras son el final de la singularidad de los cuerpos? ¿O son, por el contrario, condición de existencia de lo singular, el vehículo de su emergencia, su línea de constitución? (24)
La respuesta del texto de Almada consiste en movilizar el lenguaje para que la individualidad de la vida de cada una de las chicas ponga en relieve la deshumanización totalizante de la misoginia que llevó a sus muertes.
El octavo capítulo del libro puede servir como ejemplo microcósmico, en particular la historia de los huesos de Ctalamochita. Selva llega a la casa de Sara, la madre de Sarita, quien la recibe con su otra hija, Mirta. La ausencia del cadáver de Sarita resulta en una constante agonía para Sara: entiende que es casi seguro que su hija esté muerta, pero no logra extinguir la esperanza de encontrarla viva. Al entrar a la casa de la familia en luto, Selva ve un retrato de Sarita que cuelga sobre la cabecera de la cama, “en ese sitio donde otros cuelgan un crucifijo” (Almada 124); el dolor de la madre y el Calvario se nos presentan topográficamente entrelazados. Nos enteramos de que nueve meses después de la desaparición de Sarita se encontraron unos huesos en el río Ctalamochita. A pesar de que las autoridades argumentaban que esa osamenta provenía del cuerpo de Sarita, mamá Sara nunca les creyó. Durante una de sus sesiones, la Señora le había dicho a Selva que Sarita seguía viva, pues ella es “la única de las tres [chicas muertas] que nunca habla” durante las sesiones de tarot (129). El razonamiento de Sara es igual de esotérico: “nunca la he podido soñar . . . Si estuviera muerta, hubiese vuelto en sueños a despedirse” (129). Esta necesidad por encontrar explicaciones alternativas se puede entender parcialmente si examinamos las explicaciones oficiales. Almada nos presenta un ejemplo al citar el expediente: “El esqueleto se encontraba más desmenuzado en su parte derecha que izquierda y su cráneo más en su parte posterior que anterior” (126). Este lenguaje oficial precluye cualquier tipo de individualidad en la historia de la víctima; privado de vida, el esqueleto es también privado de subjetividad. Al menos en las lecturas de tarot y en los sueños el silencio es de Sarita, no de sus restos.



