Imprimir Entrada

Demarcaciones de la Generación Cero: análisis de una tendencia dentro de una propuesta antológica

Algunos acercamientos críticos han notado la extrañeza y el desvío –de la norma– en las formas de construir y representar el tiempo (y el espacio) en varios textos de la denominada Generación (Año) Cero –a tal grado de describir este fenómeno como cierto ocultamiento o desdibujamiento del referente histórico de Cuba– convirtiéndose así, casi, en uno más de los rasgos que particularizan la narrativa del conjunto.

En relación con este descentramiento del cronotopo (Tamayo, 2016, 30), varios críticos también han postulado como otra peculiaridad distintiva de los relatos de esta “generación” una ruptura o separación con respecto del realismo (tradicional/decimonónico). Asimismo, de manera paralela, se ha estudiado la apropiación de distintos agentes de la literatura especulativa, la ciencia ficción o elementos de la virtualidad, entre otros, los cuales contribuyen en la conformación de quiebres y/o alteridades espacio-temporales que se alejan, precisamente, tanto del referente prototípico de Cuba ficcionalizado y promovido en cierto orden dominante, como de las formas/estrategias literarias enfocadas en la reproducción “mimética” de la realidad (entendida esta en relación con un tiempo cronológico-histórico).

Desde la isla
Desde la isla

Dichas descripciones están vinculadas, inevitablemente, con la muy discutida relación entre literatura y referente, literatura y Estado, o entre escritura y testimonio, situación y debate afianzados a su vez, primero, a la ruptura y modificación de cierto canon cubano, instaurado desde mediados del periodo revolucionario; y, segundo, a cierta disfuncionalidad entre canon crítico nacional y corpus, resultado de esa misma escisión (Pérez Cino, 2014). Siendo consciente de esto ─y habiendo descrito las prácticas protocolarias de la crítica a veinte años del cambio de milenio–, Katia Viera anota, perspicazmente, que “aun cuando no [siempre] se acuda al realismo mimético en esta literatura [de la Generación Cero], hay en todas estas estéticas, un mayor o menor grado de correspondencia con el referente fáctico que ellas mismas señalan, y un interés muy marcado por incidir y señalar lo real” (2022, 193). Por tanto, en lugar de hablar de una ruptura, la investigadora argentina propone, como punto de partida, el cuestionarse de qué realismo(s) se aleja –o aproxima– estas literaturas.

El presente ensayo es parte de un proyecto de tesis que busca responder a esta interrogante, estudiando y tomando en cuenta, como producto cultural complejo, la antología Desde la isla (Cal y Arena, comp. Tamayo Fernández, 2016). Este texto –mediante el análisis del tiempo narrativo y sus significantes en una de las obras compiladas– revisará una de las tendencias realistas encontradas que atraviesan dicha selección.

Dentro de la antología, “Anestesia” de Agnieszka Hernández (1977) sobresale por su brevedad; sin embargo, el relato logra abarcar, en cuanto a tópicos y estilo se refiere, muchas de aquellas preocupaciones reformuladas y llevadas a la consagración por la narrativa cubana finisecular, tanto por los llamados novísimos como, de otra manera, por lo que se denominó para la novelística como el ‘boom cubano’. “Anestesia” cuenta con un único narrador homodiegético, esto es: una perspectiva centrada en el sujeto que se enuncia a sí mismo. El tiempo del relato, aunque dinámico, sigue una concordancia ligada al tiempo cronológico de su referente y, por tanto, asociada al tiempo de la Modernidad. A lo largo de cada uno de los fragmentos del relato encontramos, casi a manera de listado, múltiples referencias a temáticas considerablemente arraigadas a la tradición de la literatura contemporánea de la isla: la militancia de la juventud como proyecto de nación, el acceso de un (ya no tan) incipiente y peculiar capitalismo de Estado, la exposición a/de la violencia en los barrios marginales de la capital, el estigma asociado al lesbianismo y a la homosexualidad, las discusiones en torno a la prohibición de los juegos de azar, el uso de drogas y la pornografía, cierta la vestimenta y perfil asociados a una contracultura, la educación (y la tecnología) como ideal de progreso, entre otros, por solo tocar algunos de los puntos mencionados dentro de los primeros tres párrafos del cuento por la protagonista y narradora, quien, además, también es universitaria. Todos estos tópicos y conflictos sociales, así como la perspectiva testimonial centrada en el “yo enunciador”, circunscriben y vinculan el texto dentro de la misma herencia escritural que resalta cierta relación entre literatura y su referente histórico o entre literatura y realidad.

Agniezka Hernandez
Agniezka Hernandez

Aunque el relato de Hernández se enmarca en cierto orden narrativo dominante ─ese cercano al realista “mimético” que señalaba Viera─ su propuesta no resulta por ello menos desafiante y novedosa, al menos en cuanto a fenómenos representados. El narrador en primera persona realiza un vertiginoso viaje al interior del sujeto habanero contemporáneo, el cual, pese a sus equívocos y carencias ha logrado adoptar y adaptar las nuevas prácticas y discursos políticos e institucionales que giran alrededor de las estrategias económicas de “resistencia” dentro del indeterminado y extendido Periodo especial. El espacio, pero sobre todo el tiempo del relato corresponden y atienden al dinamismo intelectual de la conciencia del sujeto que alcanza a señalar las tensiones ideológicas de su presente, a la vez que consigue abstraerlas asimilándolas sin contradicción aparente, exponiendo y ridiculizando en consecuencia sus alegatos y utilizándolos en favor de su supervivencia. Dado que la perspectiva focal ofrecida es una, el mundo social funciona en consecuencia, justo como lo realiza aquella corriente literaria a la que Tamayo, en su introducción de manera general, suscribe su antología, esa narrativa antes subterránea y marginal, ahora “natural”, centrada en el deterioro físico y moral del individuo (Tamayo, 2016, 13-15). A pesar de ello, en este relato destacan, casi como una resonancia o reverberación, otras voces colectivas (sociales, históricas) a través de los sujetos, que quedan grabadas en la conciencia como pruebas presentes de su fuerza coercitiva y trascendental.

El realismo en “Anestesia”, como el de algunos de los relatos en la antología estudiada, menos tiene que ver con los sucesos ─actos como tal─ acontecidos en el presente narrativo que con el amplio y todavía sorprendente, y a veces desbocado, recorrido de la mente: en La Habana, ha caído la última lágrima de nuestra protagonista, y ella parece encontrarse ─ya sea en el presente narrativo o solo en su memoria─ frente a la madre de su compañera universitaria, gravemente herida o muerta, durante un periodo de tiempo impreciso. Al respecto de este lapso, buena parte de la potencia y virtud del relato ─el artilugio de Hernández─ recaen precisamente en el ágil uso del monólogo interior, en contraste con el soliloquio y el monólogo (externo), así como en el complejo sistema de indeterminaciones y la configuración descriptiva del relato. En estos dos últimos resalta a su vez el uso particular de la escritura.

Luz Aurora Pimentel describe la constante perturbación espaciotemporal propiciada por el vaivén entre la deixis de referencia del presente de la locución y el pasado en la memoria del personaje que sucede casi ineludiblemente durante el llamado monólogo de recuerdos (89-91, 1998). La narradora de “Anestesia” vacila entre el recuerdo del violento encuentro con su compañera de universidad y el presente narrativo de su flujo de conciencia, propiciando saltos espaciotemporales en los cuales el lector además de redirigir su atención deíctica, también deberá asignar el origen vocal tanto de sus pensamientos como de algunos, pocos, diálogos inciertos. Un ejemplo revelador de la estructura de imprecisiones antes mencionada es la posibilidad, abierta, de la presencia de otro personaje, durante todo el relato, cuyo único acto sería casi, esencialmente, el contemplativo: la madre de la chica atacada. Sin embargo, el hecho de que los diálogos se hallen acotados, tanto temática como escrituralmente, en medio de la baraúnda de ideas, ponderaciones y memorias de la protagonista, hace difícil el determinar no solo el origen de dichos discursos, sino igualmente la existencia de su interlocutor, ya sea en el presente diegético o en el pasado de la narradora. Al respecto de los diálogos, es importante señalar la ilusión de concordancia entre tiempo de la historia y tiempo del discurso que estos generan, situación o efecto que los convierte en otra fuente ─al menos simulada─ de alteración distinta del monólogo interior, funcionando específicamente como una suerte de freno, pausa brusca, tanto en referencia a las digresiones de la protagonista, como al presente del relato fuera de la conciencia de la misma.

La dislocación espaciotemporal en el monólogo interior y el uso de diálogos indeterminados se encuentran a su vez delimitados por los primeros y últimos renglones del texto, mismos que, en ambos casos, refieren de manera catastrófica, casi apocalíptica, la caída de la última lágrima de la protagonista en La Habana; permitiendo así al narratario, solo hasta el final del texto, considerar la duración fugitiva de los hechos: acaso unos instantes, acotando así ─que no cerrando─ otras posibilidades de lectura antes desatadas por las tales imprecisiones. Todas las alteraciones al tiempo narrativo descrito toman su mayor significación si atendemos a las reflexiones de la narradora. A pesar de que el hilo narrativo se entrelaza, principalmente, alrededor de la remembranza del altercado con su compañera, es decir, mediante un hecho entre dos individuos, en realidad casi todos los fragmentos del texto terminan deviniendo en una colectividad bien marcada en los pronombres “nosotros”, en oposición al de “ustedes”:

Le dije, tú y yo no deberíamos hacer estas cosas. Tú y yo no deberíamos apostar. Tú y yo somos amigas de la universidad… Somos jóvenes, somos militantes de la juventud, somos la joven promesa, somos la esperanza del mundo (…) somos la promesa del software, (…) somos el proyecto, somos el proyecto del proyecto, tenemos esa cosa de un futuro por delante… Ustedes no deberían picarse, no deberían drogarse, no deberían raparse, no deberían acostarse hembras con hembras (…) no deberían ser tan animales. (161-162; las itálicas son mías)

Y más adelante:

Ustedes quizás imaginan cien tipos de asaltos. Planificados. Imaginan cien asaltos bien pensados. Una pandilla esperando a la hija de ustedes para atracarla. Una pandilla de santiagueros o tipos de Luyanó o una pandilla de Pogolotti, delincuentes, mataperros, lacras, violencia juvenil, presidiarios, reparteros, marginales, callejeros. (163; las itálicas son mías)

En el fragmento inicial, primero se configura una colectividad que refiere tanto a la juventud habanera como particularmente a aquella universitaria, de la cual es partícipe la narradora. Más adelante en el mismo fragmento, solo unos puntos suspensivos después, tiene lugar un desdoblamiento en la conciencia de la protagonista, marcado en el pronombre “Ustedes”, el cual la distancia de su yo narrador, como viéndose desde “afuera”; dando paso así ─todo esto dentro de su mismo ser─ a otra voz proveniente de cierto imaginario político y moral, asociados con la Revolución, y en buena medida con la autocensura. Por otra parte, en el segundo fragmento, el mismo pronombre en segunda persona plural (“Ustedes”), que alude o evoca a la madre, a su vez construye a una tercera colectividad distinta, concretamente la recién aparecida ─frente a las nuevas dinámicas capitalistas del país─ “pequeño-burguesía”. También otras “colectividades” son aludidas, como de paso, en este segundo fragmento, en oposición a la pequeño-burguesía: las comunidades periféricas santiagueras, de Luyanó o de Pogolotti, con sus vigorosas imágenes evocadoras, así como las concernientes y en relación con una “violencia juvenil”.

Al respecto de estas tres colectividades/ discursos aludidos (dentro de la mente figural), las investigaciones de Bobes resultan esclarecedoras. La socióloga estudia cómo las reformas institucionales, pero sobre todo las económicas, desde mediados de 1993, han producido considerables cambios en la estratificación social, así como en las relaciones entre ésta y el Estado. La despenalización de la tenencia de divisas, las nuevas relaciones y dinámicas laborales con empresas mixtas y extranjeras, la  reorganización de las ONG y las asociaciones comunitarias en relación con sus nuevos alcances de autonomía, así como las diferentes actividades económicas tanto ilícitas como marginales, de algún modo también oficializadas, han modificado la homogeneidad en los patrones de consumo de la sociedad cubana –en gran medida antes controlada por el gobierno– lo que a su vez ha repercutido tanto en el aumento de la desigualdad social, como en la subsiguiente constitución y diferenciación de identidades (Bobes, 2000, 213-222).

El impacto en la (re)formulación de estas identidades a partir de la mudanza gubernamental hacia un discurso nacional capitalista y sus consecuencias es más amplio y complejo, y por temas de pertinencia y acotamiento me referiré a las que atañen al ámbito laboral. La diversificación de ingresos por parte de la sociedad cubana y la no dependencia económica del Estado colocan constantemente al sujeto frente a una nueva y mayor diversidad de situaciones donde se involucran sus decisiones y autonomía. Destaco para este análisis el reconocimiento estatal del trabajo por cuenta propia, de entre otros factores, por su crecimiento exponencial y por su preferencia entre los jóvenes, los cuales, al momento de la investigación de Bobes, comenzaban ya a formar una incipiente pero importante identidad generacional específica (224-226). La investigadora describe a su grupo de análisis mayoritario como poseedor de una actitud crítica aunque sin cuestionamiento (confrontación directa) hacia el régimen, donde “no hay contradicción [ética] entre asumir el individualismo, la pasividad, la indiferencia [o] el afán de lucro” frente a determinadas circunstancias y/o determinados círculos sociales (236-237). Bobes también estudia, a partir de una entrevista, la participación y el involucramiento de los jóvenes universitarios en asociaciones civiles o políticas con fines utilitarios o instrumentales, en contraste con la formación de otro tipo de agrupaciones informales, donde sí se corresponden y satisfacen verdaderos significados identificantes o afectivos, a través de los cuales, a su vez, se generan y desprenden nuevas fuentes de solidaridad, con fines tanto comunitarios como individuales. Al respecto de estas oscilaciones éticas e ideológicas, así como de los nuevos fenómenos descritos, conviene analizar los siguientes fragmentos:

Que las armas son peligrosas: lo sé. Que la marihuana te engancha: lo sé. Que la heroína te da sobredosis: lo sé. Que no me junte con malas compañías: lo sé. Que no se pide dinero prestado: lo sé. Que no llegue tarde: lo sé. Que no juegue por dinero: lo sé. Que el cigarro y el alcohol dan vicio: lo sé. Que debo usar condones: I know. Que estoy sola y debo cuidarme a mí misma: lo sé (…) Que hay casas de la FMC para aprender a coser, a bordar, a tejer: ya, ya. Que hay campañas contra la No Violencia: oh, yes. Que hay otros que viven mejor que yo. Que no importa cómo voy vestida, sino lo que tengo dentro: lo sé. Que los dientes se cepillan cuatro veces al día: lo sé. Que el trabajo fortalece al hombre: lo sé. Que el dinero ilegal te vuelve ilegal: lo sé. Que con la policía no se discute: lo sé. Que no puedo dar el culo por dinero: hello. Que el hambre pasa pero la deshonra no: no lo sé. (162; el énfasis es mío)

En este fragmento la voz colectiva proveniente de un discurso político y social ─histórico─, marcado en el pronombre relativo “Que”, de nuevo se hace presente ─escrituralmente casi en forma de bombardeos (Q)─ aunque ahora no tanto para apuntalar las normas aceptables dentro del mismo, como para evidenciar sus alcances, debilidades y sobre todo sus insuficiencias, pese a que la narradora los conoce “de memoria”. Temas como la (no) violencia, las adicciones, el autocuidado, el trabajo como agente dignificador, la ilegalidad, la prostitución, y todos aquellas “pautas correctas” para el adecuado desarrollo personal y social pareciera que atañen directamente a los valores del discurso socialista pregonado por décadas, sobre todo tomando en cuenta la referencia a la FMC. No obstante, otra lectura revela que cualquiera de estos ideales y pautas sociales también resultan atribuibles al sistema capitalista, para lo cual el uso del inglés, solo en ese fragmento, resulta, al menos, llamativo. Como es notable, si bien dentro de la mente figural de la narradora la irrupción de otras voces colectivas es potente y acorrala, igualmente es apreciable su confrontación, así como el alcance de la exposición de sus carencias y falacias. Veamos ahora una cuarta voz social/colectiva que logra constituirse al filo de la primera, es decir, al filo de la juventud universitaria:

Le di [a tu hija] por todas las veces que he sido yo quien ha recibido los golpes (…) Dijo muchas cosas feas tu hija… Dijo que somos unos hambrientos, unos miserables, unos culo roto, unos limosneros, unos sin techo (…) unos del cuarto o quinto mundo, que bajo el puente viene siendo un sexto o séptimo mundo… Dijo que somos… Somos: piojosos (…), larvas (…) subdesarrollados (…) unos pegadores de suela al vapor, unos tomadores de café con chícharo, unos hongueros peste a pata que usan tintura de mangle rojo, (…) unos que usan el mismo cepillo el año entero, unos reciclados, unos pestíferos que raspan el fondo de la cazuela, unos parásitos con ameba, giardia, y oxiuros que no se curan nunca (…) Unos remendadores, unos cosedores de ropa vieja que debería botarse, unos pegabotones, me dijo, y no nos cansamos de remendar, de reparar, toda la mierda que tenemos rota… (164; el subrayado e itálicas son mías)

Este “somos” difiere del primero (1er fragmento citado) al distanciarse de su compañera para desdoblarse en dos conjuntos que dan cuenta específica de las comunidades marginales, tanto universitarias o estudiantiles, como de otras posibles, en oposición con la nueva “pequeño-burguesía”. Sin embargo, en este punto del relato todas las otras voces irán perdiendo su fuerza, ya que, paradójicamente, al tiempo que la narradora da voz a las palabras de su compañera, también termina por apropiarse, para su beneficio, de estas mismas características que la señalan. “La identidad principal”, es decir, la que sobresale, por llamarle de algún modo, termina enunciándose, después de una larga lista de calificativos ─ya no tanto mediante las palabras de su compañera, sino en voz propia (ver subrayados)─ como la que nunca se cansa ni se cansará de reparar cualquier mierda que se le ponga enfrente. Es ahora la narradora quien retoma las palabras insultantes y se adueña de ellas para afirmarse. No obstante, no debe olvidarse que esta misma auto-enunciación es también colectiva ─“Somos”─, por lo que, de manera tangencial, también se logra distinguir en el mismo fragmento (4) la alusión a las fuentes de solidaridad de las que habla Bobes: comunidades marginales que no se cansan de remendar y que siguen resistiendo frente la pobreza, mediante una operación de valores disímiles. El fragmento (3) y el anterior (4) dan cuenta de cómo el individuo, representado en la narración, no sólo se ha apropiado experiencialmente de ambos discursos y complejos de valores nacionales (socialistas y capitalistas), sino que además también sabe manipularlos e involucrarlos a conveniencia, sin encontrar reparo ético alguno más allá que el que ordena la supervivencia.

Como lo concluye Bobes ─y como lo atestigua nuestra narradora sin nombre (en referencia a los sin nombre, los marginales)─ la crítica de ambos sistemas de valores no excluye su ejercicio, del mismo modo que su práctica no implica ni conduce necesariamente a una contradicción ética o moral. La duplicidad de códigos, tanto del complejo colectivista revolucionario como del individualismo liberal, “ha producido un individuo entrenado para el manejo del conflicto (…) eficaz en el manejo de su conducta a partir de beneficios, costos y riesgos” (243). Si bien es cierto que la protagonista, finalmente, se decanta por la exaltación de los valores asociados a un capitalismo mordaz, este “manejo” o regulación de la conducta bien pueden apreciarse y corresponderse con el manejo del tempo en el relato, una constante fluctuación, modulada, entre diferentes voces colectivas y distintos sistemas de valores.

Como pudo comprobarse a lo largo del análisis, por su tipo de representación referencial, “Anestesia” se aproxima más al bloque de tradición catóptrica de la Isla descrito por el crítico Guillermo Padilla, el cual construye e intenta visibilizar esa otra cara de la Historia, la “verdadera”, la sucia y oculta, el reverso de la realidad como lugar bastardo y decadente, en oposición al espejismo de la Cuba romántica como ícono de promesa, pero también de Revolución. En este sentido, el relato representa una de las tendencias a las que aún apela ─y dentro de la cual se inscribe─ la antología como discurso canonizador, “anclada a la realidad histórico-política de Cuba”, la cual refiere, extiende, expone, y en la cual ciertamente logra incidir, aunque en contraste con esa otra más novedosa y experimental propensión de la Generación, que también cuestiona la realidad pero desde su proceso mismo de producción –a través de la metaficción, por ejemplo, o de otros elementos que subrayan su carácter de artificio– y que, por ello, es también más cercana a la escritura/el mundo de la globalidad.1

 

Bibliografía

Bobes, Velia Cecilia. Los laberintos de la imaginación: repertorio simbólico, identidades y actores del cambio social en Cuba. México, El Colegio de México, 2000.

Echevarría, Ahmel y Jorge Enrique Lage. “(De)Generación. Un mapa de la narrativa cubana más reciente”, El diario de Cuba,15 diciembre 2013, https://diariodecuba.com/de-leer/1386613604_6269.html.

Maguirre, Emily. “Freeze-frame: temporalidades especulativas en la escritura de la Generación Año Cero”, Letral. núm. 18, 2017. pp. 9-22.

Padilla, Gilberto. “El factor Cuba. Apuntes para una semiología clínica”. Temas 80 (2014b): 114-120.

Pérez Cino, Waldo. Tiempo contraído: Canon, discurso y circunstancia de la narrativa cubana (1959-2000). Leiden: Almenara, 2014.

Pimentel, Luz Aurora. El relato en perspectiva. Estudio de teoría narrativa. México: Siglo Veintiuno Editores, 1998.

Rojas, Rafael. El estante vacío: literatura y política en Cuba. Barcelona, Editorial Anagrama, 2009.

Tamayo, Caridad (comp.). Desde la isla. Joven narrativa cubana. México: Ediciones Cal y Arena, 2016.

Tamayo, Caridad. “Diseccionar un país. Literatura cubana en el siglo XXI”. Cuadernos del CILHA, vol. 16, núm. 2, 2015, pp. 20-48.

Viera, Katia. “Narrativa cubana hoy. Protocolos de la crítica literaria en torno a la Generación Cero”. Latinoamérica, México, núm. 75, dic.  2022, p. 183-206.

Acerca del autor

Cristopher David Cortés Gómez es egresado de la licenciatura de Lengua y Literaturas Hispánicas de la UNAM; parte del comité organizador de las “Jornadas de narrativa cubana reciente” en octubre de 2024.  Actualmente cursa un semestre en la Eberhard Karls Universität de Tubingen becado por el programa Erasmus+ para el intercambio académico UNAM-EKUT.

Compartir en redes

Notas al pie:

  1. Este texto fue leído en el marco de las “Jornadas de Narrativa Cubana reciente”, que se llevaron a cabo del 14 al 16 de octubre de 2024 en la UNAM.