“Una mujer salvaje atrapada en una familia” (s.p.): así la escritora argentina Ariana Harwicz resume, en entrevista con El País, la premisa de su primera novela publicada: Matate, amor (2012). La escena inicial de la obra, una mujer agazapada entre las matas de un bosque, empuñando un cuchillo —real o alucinado— y espiando a su marido e hijo, confirma esa síntesis. En Beginnings: Intention and Method (1975), Edward Said sostiene que todo inicio encierra una lógica inaugural que fija los límites que el texto va a sostener y, en consecuencia, los que va a transgredir (Said 34). Con las primeras palabras se insinúan los colores del relato y las grietas que lo atraviesan. En la escena inicial, una de esas fisuras toma forma en el cuchillo, que simboliza una modalidad de abyección insinuada en la disolución de los límites entre el adentro y el afuera; el cuchillo es la manifestación tangible del límite violable entre el interior y el exterior del cuerpo que, al abrirse, deja de ser contorno y se transforma en desborde; lo que se expone no son solo los fluidos vitales, sino también la conciencia de la propia finitud: materia que se desprende.1
El rasgo abyecto del cuchillo radica en su potencial de exhibir lo que la piel oculta: lo vivo en su inevitable decadencia. La escena inaugural de Harwicz alude al cuerpo amenazado y, ante todo, al colapso de las fronteras del yo. Julia Kristeva —quien da forma conceptual a lo abyecto en Poderes de la perversión (1988)— despliega esta dimensión de lo liminar precisamente desde el cadáver —un objeto sin contorno, expulsado y fascinante en su amenaza—:


