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De lo malo y sus comienzos

Javier Marías. Así empieza lo malo. Madrid: Alfaguara, 2014, 534 p.

 

Después de los copiosos reconocimientos, comentarios positivos, halagadores y aun entusiastas que, en general, expresaron lectores y críticos por Los enamoramientos (2011), reconocimientos que, por otra parte, han acompañado casi toda la producción literaria de Marías, es probable que las expectativas ante la más reciente novela del escritor español hayan sido todavía más altas de lo acostumbrado. No obstante, Así empieza lo malo (2014) no ha terminado de gustar a muchos de sus asiduos lectores, entre los que me incluyo. No se trata solo de que el autor haya elegido para esta obra volver sobre temas que ya había abordado en otras novelas, sino porque parece que todo se vuelve más complejo sin volverse más interesante y muchos de los detalles que pueden considerarse fundamentales se diluyen en medio de páginas que abundan en información poco relevante. Los personajes no llegan a tener la fuerza que se espera y se desea, y el lector no deja de sentir que se trata de una ficción; y es una ficción, cierto, pero lo es de manera artificiosa.

El argumento de Así empieza lo malo, resumido de forma sucinta, es la narración de algunos acontecimientos en los que se vio envuelto Juan de Vere durante su juventud, cuando fue contratado como secretario y asesor para algunas traducciones por el cineasta Eduardo Muriel. El trabajo le permitió al narrador, uno de los protagonistas, adentrarse en la vida cotidiana e íntima de Eduardo, la esposa de este, Beatriz Noguera, los hijos de ambos y unos cuantos amigos y visitantes frecuentes de la familia Muriel Noguera. Juan de Vere fue testigo de las tensiones de una pareja que, más que mantenerse unida por el amor, se mantenía unida por un oscuro pasado que la atormentaba. En medio de los acontecimientos comunes de la vida familiar, Muriel le encargó a Juan de Vere investigar algo sobre uno de sus amigos más cercanos, lo que convertirá al joven en un pequeño cazador de secretos. Todo lo que el joven observó y en lo que, inevitablemente, terminará involucrándose durante ese periodo laboral fue, en definitiva, el relato que años más tarde se transformará en el cuerpo de esta novela.

En Así empieza lo malo y en sus críticas hay algunos elementos sobre los que es oportuno reflexionar. El primero tiene que ver con la voz del narrador. La cual, equivocadamente, los críticos han confundido con la del protagonista del relato. Sin embargo, Juan de Vere, a quien los otros personajes suelen llamar «el joven de Vere», y cuyo tratamiento recuerda la forma en la que se referían sus conocidos al propio Javier Marías para diferenciarlo de su padre, Julián Marías, tan solo es una voz por medio de la cual se van conociendo los acontecimientos que presenta el autor español. Esta voz es un medio o Juan de Vere es, si se quiere, un médium con el que se consigue hacer llegar la historia a los lectores, y no mucho más. El joven De Vere se encuentra en el mismo nivel de implicación dentro de los acontecimientos que cualquier otro de los personajes. Si se lee con atención, tal vez no resulte arriesgado decir que no existe en esta novela un único protagonista. Lo son de una u otra manera, la pareja Muriel Noguera, el doctor y amigo de la familia Van Vechten, y el propio De Vere.

El segundo elemento es el énfasis que ha puesto la crítica en la época en la que transcurre el relato: la Transición Española. Vista con cuidado, la época tan solo es relevante en la medida en la que permite hacer explícito que la sociedad española se enfrentaba con un proceso en el que se optó por dejar atrás las heridas, los secretos, los sufrimientos o rencores del pasado, para lograr una reconciliación que permitiera al país superar las dificultades que se habían sobrellevado durante las décadas de la dictadura. No obstante, la descripción del periodo histórico en el que ocurren los hechos no es tan relevante como se ha querido dar a entender. Si bien se entiende que las características de la sociedad española de comienzos de los ochentas afrontó situaciones que se ajustan a la perfección a las que necesitaba Javier Marías para abordar los temas que le interesan, es evidente que el relato pudo haber sido contado en el marco de otra época e incluso en otro lugar. Muestra de lo anterior es que los temas realmente relevantes de Así empieza lo malo ya han sido materia de otras de sus obras. Esta no es una novela de corte histórico o con un interés especial sobre la política de la Transición o los años finales del franquismo. Esta es una novela sobre una serie de preocupaciones que han ocupado a los hombres en cualquier época de la historia y en cualquier lugar del mundo.

Para un lector conocedor de la obra de Marías, no es difícil identificar en Así empieza lo malo todas aquellas obsesiones y temas que siempre han interesado al autor español. Se diría que en esta novela, en términos temáticos, el lector encontrará pocas o ninguna sorpresa y ese es uno de los motivos por el que la obra puede llegar a desilusionar. Hay por lo menos tres temas que ponen al lector en contacto con gran parte la novelística de Marías. El primero tiene que ver con la forma en la que las parejas se conocen y las razones por las que permanecen unidas. Qué es lo que acerca a unas personas con otras. Qué hace fijar la atención de las personas en alguien en particular y dejar de lado a todos los demás que los rodean. Planteadas estas dudas, las reflexiones de Marías o de los personajes de sus novelas tienden a dirigirse hacia lo tarde que solemos llegar a la vida de aquellos que nos importan, de esos en quienes nos hemos fijado y por los que ignoramos al resto del mundo. Llegamos tarde a la vida de aquellos a quienes terminamos amando. Hay en Así empieza lo malo varios momentos en los que se menciona que «el amor llega a destiempo a su cita con las personas» (133). Parece como si el narrador o los personajes quisieran insistir en que si ese amor llega a destiempo, se tendrá que considerar que existen otros motivos por los cuales las parejas se convierten en parejas; más aún, se tendrá que considerar asimismo la existencia de razones muy ajenas al amor para que las parejas permanezcan juntas. Muchos de los personajes de Marías se preguntan por los motivos que hacen duraderas las relaciones y, con mucha frecuencia, como en esta obra, alcanzan a considerar la costumbre y el conformismo como razones comunes. Así lo comenta el joven De Vere:

[…] quién no ha conocido eso. Personas que se eternizan juntas por mero acostumbramiento, porque la una forma parte del existir de la otra tanto como el aire que respiran, o al menos como la ciudad en que habitan y que jamás se plantearían abandonar por insufrible que se les hubiera hecho. Cada cónyuge tiene el mismo valor que la vista ofrecida por un salón o la alcoba de esa casa en la que viven: están ahí y ya no son buenos ni malos, aborrecibles ni gratos, deprimentes ni estimulantes, benéficos ni perjudiciales. Son lo que hay —son el envoltorio, la palidez cotidiana, el entorno—, […] Se los da por descontados, son algo con lo que se convive de manera excesivamente natural, sin que nunca medie un acto volitivo de seguir en su compañía ni alumbre la idea de la cesación o reversibilidad o supresión, como si nada de esto cupiera y nos hubiera caído en suerte la misma o parecida forma en que nos tocaba nacer en un país o en el seno de una familia, tener tales padres o hermanos. Entre esas personas se pierde la conciencia de que un día hubo elección (69-70).

El segundo tema tiene que ver con los secretos y con lo que sabemos o ignoramos de todas aquellas personas cercanas a las que, se supone, conocemos plenamente. La humanidad, nos recuerda Marías en la mayoría sus novelas, ha creado y guardado secretos en todas las épocas. Los seres humanos han omitido, callado o acomodado sus historias desde siempre. En Así empieza lo malo, la Transición se utiliza para ejemplificar esto, dado que se trató de un periodo en el que las personas se debatían entre contar, conocer la verdad, mentir o guardar silencio para siempre. Eduardo Muriel ejemplifica muy bien el tipo de personas que se encuentran inmersas en esas contradicciones. Muriel es un tuerto que parece representar a los que solo ven la mitad, y a los que, aun teniendo oportunidad de saber aquello que les interesa, no tienen muy claro si quieren saber o prefieren ignorar.

«Así empieza lo malo y lo peor queda atrás», eso es lo que dice la cita de Shakespeare que Muriel había parafraseado para referirse al beneficio o la conveniencia, al perjuicio comparativamente menor, de renunciar a saber lo que no se puede saber, de sustraerse al vaivén de lo que se nos va contando a lo largo de la vida entera […] Qué poco sentido tiene impedir, evitar, vigilar, castigar e incluso saber, la historia está demasiado llena de pequeños abusos y vilezas mayúsculas contra los que nada se puede porque son avalancha, y qué ganamos averiguándolos. Cuando ocurre lo ocurrido y es inamovible, es la horrible fuerza de los hechos, o su peso que no se levanta. Quizá lo mejor sea encogerse de hombros y asentir y pasarlos por alto, aceptar que es el estilo del mundo (393-395).

En este sentido, la novela se convierte en una alegoría o en una interpretación de la Transición Española y su interés narrativo; para otros lectores, para lectores que no se vean atraídos por ese periodo histórico, desciende bruscamente. Esa interpretación, no obstante, es legítima y puede ser oportuna y puede ser interesante, pero quizá deja de ser atractiva si los personajes encarnan una versión personal del argumento general de la sociedad.

El tercer tema y, quizá, el tema central y más importante no solo en esta, sino en muchas otras obras de Marías, es la dificultad que existe al afrontar la decisión de elegir entre decir la verdad o mentir. Los personajes se ven en la necesidad de decidir si permiten que sus vidas sean también el tipo de vidas «configuradas sobre el engaño o el error» (336), como la mayoría desde que el mundo existe, según Muriel. Si se elige el camino de la verdad, se ha de tener claro cómo se maneja la verdad, porque «uno no borra la memoria a su gusto» (156), y una vez que las cosas se saben no hay manera de eliminarlas. «Las cosas son como han sido y ya no tienen vuelta de hoja ni tiempo para regresar» (260). No obstante, una mentira inaugura el camino de la desconfianza.

Nos afanamos por conquistar las cosas sin pensar, en el ahínco, que jamás estarán seguras, que rara vez perseveran y son siempre susceptibles de pérdida, nada está nunca ganado eternamente, a menudo libramos batallas o urdimos maquinaciones o contamos mentiras, incurrimos en bajezas o cometemos traiciones o propiciamos crímenes sin recordar que lo que obtengamos no puede ser duradero (es un viejísimo defecto de todos, ver como final el presente y olvidar que es transitorio, por fuerza y desesperantemente), y que las batallas y maquinaciones, las mentiras y las bajezas y las traiciones y crímenes se nos aparecerán como baldíos una vez anulado o agotado su efecto, o aún peor, como superfluos: nada habría sido diferente si nos los hubiéramos ahorrado, cuánto denuedo inservible, qué malgasto y desperdicio (187).

Las mentiras siempre vuelven, como la sangre a las manos de Lady Macbeth. Esa mentira que Beatriz considera una niñería pequeña, insignificante y hasta ridícula, con el tiempo, inevitablemente, intenta explicar Marías, por medio de Juan de Vere, puede terminar convirtiéndose en el falso cimiento sobre el que reposa la vida de alguien más. Y esa vida, al igual que ese mundo, han sido trastocados por un detalle que alguien consideró superfluo. La elección, ya lo había planteado Marías magistralmente en Corazón tan blanco (1992), transforma. «Cuán poco hace falta para que no exista lo que existe» (531). Sin embargo, también parece sugerir que no se debe idealizar la verdad. La mejor manera de afrontar el pasado es aceptando que nada de lo que se haga ahora cambiará el presente.

Repetir, repetirse, no es necesariamente malo, hay autores que solo han escrito en su vida un libro en varias o en muchas versiones diferentes. Pero repetir cuando en la memoria de los lectores hay obras del mismo autor que llevaron a altas cumbres de la emoción y la expresión los asuntos que de nuevo se repiten y contemplar estos ahora en la fatigosa penillanura de la innecesaria sobreabundancia de detalles, eso despega al lector del texto, lo mueve a añorar momentos más felices.

Acerca del autor

Alexandra Saavedra Galindo

Doctora en Letras por la unam, maestra en Estudios Latinoamericanos (área de Literatura), por la misma institución, y licenciada en Lingüística y Literatura con énfasis en Investigación…

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