Imprimir Entrada

Anotaciones sobre el intelectual en El jardín devastado de Jorge Volpi

JORGE VOLPI. El jardín devastado. México, Alfaguara, 2008, 182 pp.

La obra y la figura de Jorge Volpi han estado desde siempre ligados a la polémica, ese eufemismo con el que Sartre se refería a los reflectores: cada uno de sus libros son discutidos en el ámbito letrado con la misma dosis de autocomplacencia o mala fe que se utiliza para hablar de su autor. En un sentido, la obra de Volpi ha sido leída a partir de cuestiones externas a ella; siempre en relación con la postura mediática o política que representa. La propuesta de lectura no ha sido diferente; desde su incursión en el campo cultural mexicano, Jorge Volpi se ha encargado de estar vigente: se le rebate o se le celebra, pero siempre se habla de él. En cualquier caso, la lucidez del escritor despierta recelo en donde se mueve: ¿escribir para tomar una postura? ¿Para engrosar el aparato editorial que se mueve a partir de su nombre? ¿Escribir por necesidad de expresarse o por la de mantenerse en los debates? En un campo minado, como el medio literario mexicano, este recelo evidencia los condicionamientos que se exigen a un escritor para entablar un posible diálogo; sin embargo, el recelo tampoco es gratuito, debido a que la sombra del crack asecha cada uno de los pasos del novelista.

No han sido pocos los críticos que han desbaratado los postulados de 1996 (para esto recordemos los artículos de Christopher Domínguez Michael1), y en este texto la mención del grupo es apenas una manera de contextualizar la obra del autor; por lo cual solamente me referiré a ciertos elementos de la genealogía del crack: primeramente, el grupo y su manifiesto nacieron a marchas forzadas, no por la falta de proyectos literarios (cuyo resultado puede verse en Palou, Padilla o el mismo Volpi), sino  por el deseo juvenil de alcanzar el reconocimiento a toda costa. Una vez obtenidos los reflectores y el interés de la crítica a partir del éxito de En busca de Klingsor (1999), los integrantes trataron de reintegrar su impulso anterior y reformularon sus postulados. El resultado puede verse en los libros Crack instrucciones de uso (2004) o La generación de los enterradores II (2003). En este sentido, las defensas apasionadas de Padilla y los otros miembros en su madurez sólo contribuyeron a aumentar el malentendido: se defiende lo indefendible para no evidenciar el error pasado, se arguyen conjuras, se habla del viejo pasatiempo mexicano de minimizar la genialidad, para justificarse con otra práctica común en nuestro país: todo lo dicho puede ser explicado, cambiable y está sujeto a la última palabra de sus implicados. No hay errores ni posibilidad de retractarse, siempre se puede dar a las fallas un nuevo sentido.

La crítica no ha actuado de manera diferente, ha seguido la dinámica impuesta por los mismos jóvenes de 1996 (que diez años después no saben cómo desdecirse): la obra, el escritor y el crack parecen ser considerados como una unidad; cualquier opinión, sea positiva o no, afecta indirectamente a todo “el conjunto”. Por esto mismo, las polémicas que se han establecido a partir del crack no han sido más que diálogos de sordos, tensiones vanas donde los contrincantes se disputan el control de una verdad absoluta. A favor de los conjurados, se puede decir que parte de la crítica se mueve con los mismos arrebatos de un asesino a sueldo; a favor de la crítica, es fundamental admitir que los postulados y algunos de los textos no han estado a la altura de su fama.

La obra de Volpi, inmersa en todas estas disputas, ha padecido por ellas; nacen como apéndice de su autor y, por tanto, ligada a las reacciones que provoca el crack. Lo cierto es que la trayectoria narrativa del escritor ha tenido altibajos, con obras de calidad, como Días de ira y Oscuro bosque oscuro, y otras malogradas como La paz de los sepulcros o El juego del apocalipsis. En este caso adelanto dos aspectos: uno, que a estas alturas hablar de crack es superfluo para discutir a los autores y a sus obras (si se hace de esta manera, no sólo se cae en un círculo vicioso, sino que se canonizan prácticas de discusión que, en buena parte, son propiciadas por la industria editorial); dos, que desligada del medio desde donde se le ha confinado, la obra de Jorge Volpi puede ser leída a partir de otra óptica: no heredera trasnochada de las vanguardias, sino deudora de otra tradición igualmente desdeñada, la del intelectual comprometido que se cuestiona constantemente su razón de existir. El acercamiento que muestro a continuación sobre El jardín devastado (2008) parte de una relectura basada en la independencia de las obras, lejos del crack y de los propios postulados de sus autores. Por otra parte, el tema que plantea la novela entra en la problemática que se discute nuestro medio cultural: el papel del intelectual en un mundo dominado por el mercado.

El jardín devastado está escrita a partir de pequeñas narraciones, no mayores a dos páginas, que construyen dos historias paralelas: la vida del narrador, un académico que regresa a México después del derrumbe de las Torres Gemelas, y la travesía de Laila por el desierto, una mujer árabe que sufre la invasión del ejército norteamericano a Bagdad. A la novela total, balzaciana que proponían Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa, Jorge Volpi muestra una novela corta, que se nutre de aforismos y fragmentos; de esta manera, el narrador (que trata de hacer suya la historia de Laila, en el momento en el que le ha pedido que escriba sobre la guerra) muestra las dudas sobre las potencialidades de la escritura para repercutir en la sociedad y la imposibilidad de comunicar el dolor ajeno. Volpi ha asegurado en numerosas ocasiones que su generación contempló el ocaso del “intelectual comprometido”; sin embargo, uno de los temas fundamentales del libro es preguntarse cómo se compromete el intelectual en una sociedad que se nutre de guerras y fraudes electorales para existir, tal como lo hacía Jean-Paul Sartre. En el fragmento que abre el libro leemos el sentimiento de culpa del experto:

Y yo aquí, tibio, a salvo, maldiciendo el cauce de las horas. Me desplomo en el tejido de mosaicos y, ateo furibundo — ¿cuál será la correcta dirección hacia La Meca?—, rezo por ella.
A ti, Rey del Día del Juicio, pido ayuda (aunque no existas). Condúcela por el recto camino, el camino de aquellos has quienes has favorecido y no son objetos de tu ira.
A ti, Señor de los Necios, Señor de los Dementes, te ruego que la protejas y la guíes (p. 12).

¿Qué es El jardín devastado? Primeramente, una novela que se habla a sí misma, pero también es un espejo del intelectual en donde tienen lugar todas las contradicciones y callejones sin salida que se ahogan con el acto de escritura. En la novela, el narrador expone la incomunicabilidad de los seres humanos y la imposibilidad de superarla: cada acto que realizamos para encontrar al otro, nos separa del objeto de nuestra búsqueda. Y en ese movimiento perpetuo de atracción y repulsión, la escritura se concibe como el último baluarte del encuentro, quizá porque el yo que escribe a la postre se vuelve tan irreal como cualquiera de los otros seres humanos. En este caso, Volpi expone que en Occidente la lógica del capital ha convertido al intelectual en una estrella más para anularlo; en esta sociedad, los seres humanos están despersonalizados, existen como números en una estadística del orden, incluso para quien trata de comunicarse:

Entrevemos las cifras —la placidez de la aritmética— mientras sorbemos una cucharada de yogurt o cabeceamos.
            Lejos, tan lejos.
Mil dólares por responder en quince folios. Un abstract. Notas al pie. Bibliografía.
            Qué significa el dolor ajeno.
            Bastaría una palabra.
            Centavos (p. 13).

En este aspecto, el mercado, que ha vuelto en una mercancía todas las representaciones humanas, se ha consolidado como la única verdad posible en un mundo que ha perdido todos los centros que guiaban los actos. Así, el intelectual que contempló el fracaso de los grandes sistemas de pensamiento, que a su vez intentaron oponerse a la opresión, se encuentra imposibilitado para actuar: de antemano está consciente de la futilidad de sus esfuerzos. Esta condición, sin embargo, lo vuelve una presa de la industria, de la que no puede sustraerse completamente. Es decir, si el intelectual había intentado llevar a cabo revoluciones que estaban condenadas al fracaso, paulatinamente ha sido absorbido por un sistema que suprime la disidencia al volverla visible. Cuando el narrador es invitado a un foro de análisis sobre la invasión a Irak, exclama:

Lo más desagradable es que todos coincidimos: la invasión será un fracaso. Me irrita la irritación de mis contertulios, tres académicos vestidos de Zegna y un gordo escritor de novelas policiacas que rivalizan conmigo en amargura […] Todos vituperamos al cowboy y sus mercenarios. Ninguno sabe, en cambio, lo que sucede en esas tierras. Laila y los suyos son abstracciones, nombres impronunciables. Ráfagas de indignación. Señuelos que nos permiten exhibir nuestra ira en un show televisivo (p. 74).

El cuestionamiento al intelectual mexicano del siglo XX es severo, los hombres de letras no encuentran un espacio para actuar sin ser parte de una maquinaria que absorbe la disidencia. Los conspiradores crecen, los bandos contrarios se rebelan equivalentes, la lucha y la comodidad se confunde con el aburrimiento. En una de las reuniones con sus amigos (¿cómo las del crack?) el narrador asegura:

Somos vulgares, predecibles, los amigos, los hermanos de otro tiempo —los conjurados— nos hemos convertido en lo que entonces odiábamos con saña: burócratas o especialistas. Voces insultantes que se esterilizan de pronto en nuestros labios.
Basta escucharnos: “madurez”, “realidad”, “instituciones”. Alguien dice: “patriotismo”. […]
            Quienes fuimos nos vapulearían.
            El poder de otra manera, cita uno.
            Es tan fácil criticar sin hacer nada, se oye luego.
Vacío mi copa y trato de borrar nuestra calvicie y el cinismo. Querría templar sus almas, o la mía. ¿Qué decirnos? ¿Traidores onanistas?
Quince años atrás escupíamos, aullábamos. Hoy nos embrutecen las botellas de borgoña y los matices: le perdonamos la vida a los cretinos (pp. 26-27).

Ahora bien, la alusión a Sartre en el primer párrafo de este texto no es gratuita debido a que en las páginas de la novela hay ecos sobre los laberintos que los existencialistas no pudieron superar acerca del compromiso. En una entrevista, Jean-Paul Sartre renegó de su obra literaria porque esta no impedía que los niños siguieran muriendo de hambre; asimismo, el viejo escritor se mostró desilusionado por la poca repercusión que tenía el intelectual en su sociedad. Esta anécdota, que le granjeara tantos problemas a Sartre (y que Fuentes, Vargas Llosa y Ernesto Sábato se encargaron de contestar), es visible en la culpabilidad que siente el narrador por no poder escribir el dolor de la guerra:

Esta historia no me pertenece.
Puedo negarlo, invocar el arte o el poder
De las mentiras, la ética superior de los
Profetas (o los necios). Pero esta historia no
Me pertenece.
Al contarla traiciono su confianza.
Banalizo su dolor o lo corrompo (p. 163).

Lo mismo pasa con el rango de acción que tiene el narrador: espectador de las revoluciones derrotadas duda sobre sus impulsos, vacila y, al final, no sabe hasta dónde su preocupación es un acto narcisista. A pesar de esto, el acto de escribir es un llamado al diálogo, una lucha por lograr el contacto. La joven afgana es irrecuperable, pero con la escritura de su travesía se vuelve presente; de la misma forma, los revolucionarios transformados en burócratas adquieren una dimensión humana cuando son descritos sin el aura de los mártires o lo elegidos. En este caso, el escritor se debate entre sus deseos de escribir y la nulidad de sus esfuerzos.  El jardín devastado aboga, así, por la unidad de la obra, lejos de las polémicas, los ritos consagratorios y las prebendas que pueda obtener su autor; el texto reflexiona sobre sí mismo y prorrumpe contra la literatura de mercado y la literatura oficial. Si no es posible escapar de todos los condicionamientos, por lo menos habrá que hacer eco de ellos.

Ahora bien, el parangón que hice de “los conjurados” con el crack, líneas arriba, no es vano, pues los muchachos que en 1996 exhibieron un manifiesto vacío en contra de su tradición inmediata han adquirido las vestiduras y los cargos literarios que “desdeñaban”: el campo cultural ha obrado y los ha integrado para el ritual sacrificial de las próximas generaciones. El crack nació bajo esta mecánica y perecerá en ella. Sin embargo, el escritor se queda más solo mientras más trata de comprender su función y el valor de su propia escritura. El jardín devastado no sólo refleja los restos de una comunicación imposible, sino también cuestiona la voluntad de aquél que se levanta para volverse, a la postre, cómplice. En este sentido, la novela es infiel a su creador y muestra las contradicciones que quedan latentes cuando la escritura trata de responder un pronunciamiento calculado. Bajo el mito de la comunicación global, el mundo ha tendido simulacros para apropiarse del otro, no para conocerlo. ¿Dónde queda la voz del escritor en este contexto? ¿Se pierde en la docta indiferencia del experto, en la industria del espectáculo que devora la rebelión o muere en sí misma como cualquier víctima de la guerra?  El jardín devastado es feroz al preguntarlo, abre las heridas cuando la mezquindad y el ego del intelectual trata de ocultarlas. Es decir, la escritura  se rebela contra los grilletes ideológicos o de consumo que intentan domesticarla y se presenta como el único diálogo entre dos seres solitarios.

En este sentido, valdría la pena abordar las obras más allá de las discusiones en donde se enmarcan y comenzar a preguntarnos qué quedará de los esfuerzos que cada escritor ha hecho a lo largo de todos estos años; pues el caso de Volpi no está aislado, ni representa el único caso del intelectual que está expuesto a los reflectores del mercado.

Fuentes

La Capra, Dominick (1995). La Nausée: Une autre espece de livre. En Christina Howells [ed.] Sartre. Inglaterra: Routledge.

Volpi, Jorge (2008). El jardín devastado. México: Alfaguara.

Acerca del autor

Edivaldo González Ramírez

Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Maestro en Letras (Latinoamericanas) de la misma institución con una tesis sobre la apropiación del…

Compartir en redes

Notas al pie:

  1. Uno de los últimos artículos puede verse en el siguiente enlace:  https://goo.gl/ooJXX6