Niñas en la casa vieja

Niñas en la casa vieja

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La isla dentro de la isla. Apuntes sobre Niñas en la casa vieja de Dazra Novak

En este texto exploraremos la novela Niñas en la casa vieja (Letras Cubanas, 2019), y nos adentraremos en el universo narrativo de Dazra Novak. A través de un análisis de los espacios e identidades narrados, pondré de relieve las características que definen la escritura de Novak, su lugar dentro de la Generación Cero, así como las formas en que la obra cuestiona y redefine las representaciones de la identidad femenina y sáfica en Cuba.

Dazra Novak
Dazra Novak

Nacida en La Habana en 1978, la escritora Dazra Novak, cuyo nombre real es Mairely Ramón Delgado, se formó como historiadora y más tarde egresó del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en 2005. Estos datos, aunque mínimos, permiten incluir a Novak en la Generación Cero, cuyas características apuntaré más adelante porque son importantes para el análisis de Niñas en la casa vieja (Letras Cubanas, 2019). 

Las niñas 

La novela Niñas en la casa vieja se publicó en 2019 por la editorial Letras Cubanas y fue premiada en 2022 con el Premio de la Crítica Literaria, el cual es entregado cada año por el Instituto Cubano del Libro y el Centro Cultural Dulce Maria Loynaz. En ella encontramos la historia de varias mujeres que, por distintas razones y casualidades, son invitadas a habitar una casona del Vedado junto a su dueña: Camila Comas, locutora de radio y narradora de la novela. Cada capítulo cuenta la historia de vida de una de ellas, así como las circunstancias en que llegaron a vivir a la casa. Conforme avanzan las páginas y conocemos más de ellas, también se amplía el universo de la novela y la trama misma.  

Primero conocemos a Ana Manso, huérfana originaria de Pinar del Río, amante de la música pero con una amusia que la hace incapaz de reproducir hasta la tonada más sencilla, emigró a La Habana a los 15 años, edad en la que también comenzó a intercambiar servicios sexuales a cambio de transporte, comida y dinero. Con ella llega también su colección de animales, misma que crece mientras reside en la casona. Aquí es importante destacar que la forma de abordar el trabajo sexual al que Ana Manso se dedica de manera irregular es abordado de forma bastante casual, a diferencia de la narrativa del Periodo Especial donde este tipo de situaciones solían ponerse en el foco de las historias, lo cual ejemplifica una de las diferencias más importantes entre la Generación Cero y grupos literarios anteriores.  

Rosita Aparicio es la segunda en llegar a la casa. A los veinte años se enamoró de una cantante y fue repudiada por los padres: “nada de malo había en declararse rockera pero lo de ser lesbiana no lo aceptarían tan facilmente” (Niñas 20). La buena suerte le permite ganar suficiente dinero para alejarse de su familia y también la convierte en la víctima de varias estafas inmobiliarias, de las que se salva cuando la narradora la invita a vivir con ella. Es reconocida por todas las habitantes como la del mejor gusto y con una obsesión por los olores y los perfumes.  

En tercer lugar llega Lina Linet, artista, andrógina, con tendencia a la depresión y al consumo excesivo de marihuana. Ella también fue despreciada por el padre, quien intentó por todos los medios que psiquiatras, psicólogos e incluso la policía reprimiera las preferencias sexuales de su hija. Más adelante llega la médica Rosario Farrás, “la versión femenina de un hombre mujeriego”, según la narradora. Tiene una larga lista de amantes hasta que se enamora de una culta bibliotecaria para quien son insuficientes sus encantos y esfuerzos para conquistarla. Con este amor fallido como pretexto, en este capítulo se sostienen reflexiones bastante interesantes sobre literatura que permiten detectar una segunda capa de complejidad en la novela, en la que hay referencias directas y veladas a otros escritores cubanos o a movimientos literarios. Destaco la arenga en la que se explican las diferencias entre realismo mágico y real maravilloso usando como ejemplo a una rubia que vive en un solar para hablar del primero y a una mujer común y corriente que siempre hemos visto pero que nos seduce de pronto para referirnos al real maravilloso: 

La rubia y el realismo mágico viven de su campaña publicitaria, nunca fue más cierto el dicho de cría fama y acuéstate a dormir. La mujer casada, es decir, lo real maravilloso, es, siempre ha sido, no necesita testigos y, como decimos aquí en Cuba, las mata callá. (58) 

La quinta habitante es Zulema Restrejo, española “obsesionada con las tetas” que se dedica a menospreciar lo cubano hasta que la narradora cita Nuestra América de José Martí para dejarle claro que no puede seguir con esos aires de superioridad: “nosotras pensábamos como el Apóstol, nuestro vino podría ser todo lo agrio que quisiera, que nunca… ¡nunca dejaría de ser nuestro vino!” (72) No es casualidad que de todas ellas, la extranjera es quien logra hacer todo tipo de negocios sucios e inversiones especulativas que se aprovechan del contexto de crisis.  

Detengo un momento este recuento para destacar que todas ellas se relacionan sexoafectivamente con otras mujeres y llegan a la casona del Vedado en medio de crisis personales, amorosas, económicas o todas juntas. Estas crisis no solo son consecuencia de las dificultades a las que se enfrentan como habitantes de Cuba sino con las tribulaciones específicas de ser mujeres sáficas resistiendo un sistema heteronormativo y patriarcal. Tal como dice la narradora:  

[…] todas las mujeres que vivieron en esta casa llegaron ─rara vez sucede de otra manera- atormentadas por las limitaciones y las renuncias. Resignadas a que la vida que habían soñado y hasta la que habían vivido hasta un punto, se hubiera esfumado como por arte de magia. Como si Dios se hubiera olvidado de inscribirlas en el gran registro civil de la existencia humana y por eso carecían de todos los derechos ─civiles, familiares, conyugales, humanos─. (23) 

Sin embargo, esta misma narradora les ofrece un techo a todas ellas y aprenden a convivir y acompañarse en la tristeza, el desamor, la rabia y la injusticia.  

Más allá de nuestras diferencias, de que nos costara trabajo llegar a un consenso sobre qué cocinar hoy o qué color darle a las paredes, qué música, qué ropa, qué manera de vivir es la más acertada, teníamos una familia otra vez. Eso, una familia. Nos preocupábamos las unas por las otras. Si alguna demoraba en llegar salíamos a buscarla. Jamás asistimos solas a otro turno médico, guardia o regreso de algún viaje, ni lloramos solas otro mal de amor. (24) 

 Vera Borras es la última en llegar a vivir a la casona. Se trata de una joven fotógrafa autodidacta y encantadora que gusta de ser observada y admirada por todas sus compañeras. Las cosas se complican cuando la narradora se enamora de ella y viven un romance intenso pero breve que concluye cuando Camila la descubre sosteniendo relaciones sexuales con un hombre en su propia cama y casa. A diferencia del resto, Vera es una joven autodidacta para quien el ejercicio de su sexualidad no tiene etiquetas ni implica algún trauma familiar. Tras embarazarse de alguno de sus amantes, las mujeres de la casa se vuelcan a atenderla con la esperanza de poder maternar al producto de su gestación.  

Por último, me interesa destacar el papel de la casa, que es en sí misma un personaje más de la novela, cuyos secretos, habitaciones y distribución espacial también se va descubriendo conforme avanzamos, al igual que el universo y trama de la novela. El capítulo con el nombre de Camila Comas nos confirma que la verdadera protagonista de la novela es la casa, o bien, que es imposible separar a la narradora de ésta, como si ambas constituyeran un solo personaje. Se trata de una casa con jardín, lobby, comedor amplio, el patio con una ceiba, “[…] una casa con cuartos tan espaciosos que era posible vivir en ella sin tropezarnos unas con otras. En verdad, me bastaba con saber que estaban ahí aunque no se las viera. Esas mujeres eran un mapa divertido. La compañía posible. La manera de callar mi soledad y mis recuerdos.” (141)  

Niñas en la casa vieja
Niñas en la casa vieja

Los espacios  

Las descripciones que se hacen de los espacios en esta novela me permite abordar discusiones en torno a la Generación Cero. Sin embargo, antes de comentar su relación con los espacios, ahondaré un poco más sobre este grupo literario, también conocido como Generación Año Cero, la cual se refiere a las y los escritores jóvenes cubanos que comenzaron a publicar a principios de la década de los 2000. Como sucede con este tipo de agrupaciones, varios de sus integrantes no se identifican con la etiqueta generacional pero también la aceptan sabiendo que pertenecer a un grupo puede favorecer la atención del campo editorial y literario. Este es el caso de Dazra Novak, quien menciona en una entrevista lo siguiente:  

Nunca me he pensado como generación […] Este fenómeno de nuclearse no sé hasta qué punto sea genuino. No sé hasta qué punto ellos se sientan parte o no de esa generación. Ya sea una manera de mostrarse, de visibilizarse como grupo, de ser parte de algo […] Dazra Novak es una persona solitaria. […]. De ahí arranca eso de no sentirme parte de una generación. Reconozco que hemos coincidido en el tiempo, también por un fenómeno que se llama Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso […] Estuvimos todos juntos en algún momento en ese centro Onelio, pero que eso signifique que tenemos intereses compartidos o que tenemos miradas iguales, no lo creo. (citada en Viera 2022) 

Sin embargo, tienen en común un acentuado interés por diferenciarse de promociones anteriores, “especialmente de los autores que alcanzaron visibilidad dentro y fuera de Cuba durante el llamado “Periodo Especial” o de los narradores “Novísimos”. Para éstos era central la representación de determinadas subjetividades que emergieron en los noventa (como drogadictos, prostitutas, balseros, jineteras, rockeros, gays, lesbianas), entre otras cosas, con vistas a dejar constancia de cómo se expresaba el ser nacional en la devastación económica y moral del Periodo Especial.” (Simal y Dorta 3) Este mismo posicionamiento se evidencia cuando, al hablar de la profesión de Rosita Aparicio como guía de turistas, se menciona el morbo extranjero por observar las ruinas de la ciudad -y con ello también las del proyecto socialista- y juzga a sus connacionales que participan en este intercambio: “Se esforzaba por llevar a los turistas solo a la parte reconstruida, a las zonas más vistosas […]. Según ella hacer dinero con la decadencia era como robarle a un niño su único pirulí saborizado”. ¿Será ésta una crítica velada al grupo de escritores que durante el Periodo Especial alimentaron las demandas de editoriales extranjeras por literatura testimonial en donde se destacaba lo más sórdido de La Habana durante los años noventa? Aunque no tengo una respuesta clara a esta pregunta, sí puedo afirmar que incluso en narrativas de corte realista en las que aparecen estas subjetividades, tal como sucede con Niñas en la casa vieja, podemos observar la diferencia en el abordaje de éstas, como es el caso del trabajo sexual de Ana Manso o el safismo de todas ellas.  

Por lo demás, la Generación Cero se trata de un grupo bastante heterogéneo en cuanto a sus proyectos literarios, preocupaciones estéticas, estilo y temas. Sobre la narrativa de Novak, Simal y Dorta mencionan un interés por narrar el cuerpo de forma central, así como “indagaciones del yo, marcado carácter autorreflexivo y centrado en experiencias del trauma” (2017), las cuales se encuentran presentes en la novela que aquí estudio.  

Otra característica que destacan quiénes estudian dicha generación es el uso de tiempos indeterminados o distópicos y, por ende, la ruptura con la representación realista y testimonial del contexto cubano. Sin embargo, la narrativa de Novak es una excepción, ya que se encuentra situada temporal y espacialmente en una Habana Post Soviética en la que sus personajes sobreviven y resisten el día a día. Al respecto, Katia Viera menciona en su tesis doctoral una polémica entre la crítica literaria que estudia a la Generación Cero. Por un lado, hay quienes consideran que existe un olvido o desatención a Cuba y a La Habana como lugar geográfico localizado y por otro lado, están quiénes complejizan la relación de estos escritores con el espacio, señalando que es posible encontrar referencias que nos remiten a un lugar que no es necesariamente geolocalizable, ya que puede tratarse de lugares en ruinas, afectivos, en la memoria colectiva, etc.  

En el caso de Niñas en la casa vieja, sí encontramos referencias claras a la ciudad de La Habana. La casona, por ejemplo, está situada en la esquina de J y 19 en El Vedado. Se mencionan otros barrios y la protagonista narra una excursión a Centro Habana para visitar a una conocida de su madre: “la gitana vivía en Monte. Una de las más tormentosas calles de La Habana, donde la mugre se acomoda, centenaria, en un trasiego incesante de ómnibus y transeúntes. Mesitas de merolicos, vendedores, vidrieras vacías, letreros viejísimos y empolvados colgando en las entradas de tiendas que […] eternamente ofrecieran sus mercancías y todo tipo de vicios, ocultos a los ojos del visitante -más entretenido con su decadencia, que con ese cotidiano desenfado tan típico de nuestras ciudades del tercer mundo-.” (146) Sin embargo, la narración de estas visitas a la ciudad sucede como excepción a lo que transcurre en la casa y no como una constante dentro de la novela. Los sitios mencionados existen en una Habana que está “brutalmente dividida” y “tiene en su interior áreas, edificios, habitaciones y otros espacios que funcionan como islas, con límites precisos” (Ludmer 130).  

Si bien esta relación con la ciudad de La Habana es específica de un contexto histórico y político en el que la Generación Cero intenta deslindarse y romper con generaciones anteriores, especialmente la de los Novísimos, es importante mencionar que también responde a un fenómeno literario más amplio. Diversos estudios sobre la narrativa latinoamericana reciente coinciden en que hay un cambio en el espacio geográfico donde se desarrollan la mayoría de las historias. Si bien durante el siglo XX la dicotomía campo/ciudad y lo nacional en la literatura fueron muy importantes, en las producciones literarias de las últimas décadas se vislumbra una nueva forma de pensar y definir el territorio. A lo anterior se suman las migraciones y los procesos globalizadores actuales, que dificultan la definición de literaturas nacionales y la adscripción clara de escritores a éstas. Por ello, es posible entender y leer a la Generación Cero y, específicamente la casa de Niñas en la casa vieja de Novak, desde la clave de la deslocalización, así como desde el concepto de “isla urbana”, planteado por Josefina Ludmer en Aquí América Latina: 

[…] la isla es un mundo con reglas, leyes y sujetos específicos. En ese territorio […] los límites o cesuras identifican a la isla como zona exterior/interior: como territorio adentro de la ciudad (y por ende de la sociedad) y a la vez afuera, en la división misma. Los habitantes de la isla (los personajes que la narración puede multiplicar, fracturar y vaciar) parecen haber perdido la sociedad o algo que la representa en la forma de familia, clase, trabajo, razón y ley, y a veces de nación. […] Están afuera y adentro al mismo tiempo: afuera de la sociedad, en la isla, y a la vez adentro de la ciudad, que es lo social, donde se demarcan nítidamente los niveles y ocurre la historia y también “la subversión. (Ludmer 139). 

Asimismo, esta lectura permite entender la función de los animales que también habitan la residencia, especialmente el de una tarántula llamada Natasha que se escapa de su caja y altera los nervios de todas las habitantes en el peor momento posible. Según Ludmer, en la isla existen cuerpos humanos y animales, mismos que “ya no se oponen […] humano y animal; el régimen borra esas diferencias porque los mezcla y los superpone y fusiona” (132).  

Otras lecturas posibles: insularidad, no lugar y literatura LGBTQ+ 

La lectura propuesta en este texto basada en el concepto de “isla urbana” es solo una de muchas posibilidades presentes en la novela de Novak. Pueden sumarse diversas lecturas que abordan la representación del encierro y la “claustrofobia encubierta”, sensaciones compartidas por varias generaciones de escritores cubanos. Estas experiencias están íntimamente ligadas al contexto histórico y social de Cuba, tanto en el periodo anterior a la Revolución como durante el Periodo Especial y los años posteriores. La «maldita circunstancia del agua por todas partes», evocada por Virgilio Piñera, ha sido interpretada también como una manifestación de la insularidad, entendida «una manera de estar y de sentir el peso de un mundo opresor» (Navarrete 179). 

Además de esta perspectiva, se pueden considerar otras aproximaciones teóricas, como el concepto de «no lugar» de Marc Augé o el «entre-lugar» propuesto por Homi Bhabha, marcos teóricos que ha utilizado Katia Viera en sus análisis de la narrativa de Novak. 

Es importante mencionar que ciertos elementos quedaron fuera de este ensayo pero que son fundamentales en la lectura de Niñas en la casa vieja, como el diálogo constante que Novak establece con la novela Jardín, de Dulce María Loynaz. 

Finalmente, cabe señalar que existen múltiples abordajes posibles desde la crítica literaria feminista y los estudios de lo queer. En este sentido, resulta fundamental destacar el diálogo que la novela mantiene con otra obra emblemática de la literatura cubana: El lobo, el bosque y el hombre nuevo, de Senel Paz.  

Conclusiones 

La novela Niñas en la casa vieja de Dazra Novak ofrece a sus lectores una exploración profunda y emotiva de la amistad, el aislamiento y las identidades sáficas en la Cuba post-soviética. La casona del Vedado no es únicamente el escenario en el que transcurre la vida de estas mujeres sino un personaje en sí mismo que muestra el pasado y presente del país, además de ser una representación muy acertada de una isla urbana en la que se encapsulan las necesidades y tensiones derivadas de vivir en una sociedad como la cubana, atravesada por la precariedad, el machismo y la heteronorma.  

La forma íntima y casual de narrar temas como el deseo femenino, el contexto económico, el trabajo y la diversidad sexual, abordados sin morbo o sensacionalismo, permite entender la inclusión de Novak en la Generación Cero, así como la apuesta literaria que significó romper con las narrativas testimoniales y realistas que dominaron el mundo editorial durante el Periodo Especial. 

 

Bibliografía 

Ludmer, Josefina. Aquí América Latina. Una especulación. Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2010. 

Navarrete Turrent, Lucila. «Bojeos a la insularidad: aproximaciones a la cuentística de Virgilio Pinera.» Tesis de doctorado, UNAM, 2017. 

Simal, Mónica, y Walfrido Dorta Sánchez. «Literatura cubana contemporánea: lecturas sobre la Generación Cero (introducción).» Revista Letral 18, 2017, pp. 1-8. 

Viera, Katia. Narrativa cubana hoy. Protocolos de la crítica literaria en torno a la Generación Cero en Latinoamérica. Revista de estudios Latinoamericanos, núm. 75, 2022, pp. 183-206.

Sobre la autora

Brenda Michelle Gutiérrez Guzmán 

Egresada de la licenciatura en Estudios Latinoamericanos (FFyL, UNAM). Ha participado como ponente y moderadora en algunos coloquios y encuentros sobre literatura fantástica y latinoamericana; cursó el Diplomado de actualización de literatura hispanoamericana siglo XXI, coordinado por la Cátedra Extraordinaria Carlos Fuentes de Literatura Hispanoamericana, así como diversos cursos sobre escritoras latinoamericanas. Tiene formación como mediadora de lectura mediante talleres y cursos de Universo de Letras, IBBY México y en el Diplomado virtual en formación y acompañamiento en torno a la lectura (IIFL-UNAM). 

 

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