La tercera sección, titulada “Costa Rica”, contiene un total de diez crónicas dedicadas a la vida en la periferia de San José, donde la autora habría residido entre 2005 y 2009. Aparecen, en esos textos, pordioseros, migrantes, trabajadores, homosexuales, entre otros individuos con quienes Escudos, como en sus viajes entre Costa Rica y Nicaragua, establece vínculos momentáneos pero significativos. Por ejemplo, en “Aquí murió Pami”, Escudos recuerda su preocupación ante la posible muerte de Gerardo, un alcohólico conocido suyo y condenado a vagar por las calles de San José: una mañana de marzo de 2007, apareció, cerca del lugar donde ella vivía, una persona sin vida que podría haber sido Gerardo. Si bien este último se salvó aquella vez (el muerto fue Pami, como indica el título de la crónica), al parecer, su destino se cumplirá de manera irrevocable: “Veo morir a Gerardo un poco todos los días. En la compañía de su perra, en la soledad de la ciudad. […] Con aquella sed que ningún líquido podrá saciar nunca. Y con la hiedra de la tristeza creciéndole por dentro, sacando brotes de sus ojos y echando raíces en su corazón”.
Para la cuarta sección, titulada “Otros territorios”, se presentan cinco crónicas de viajes a Francia, España, Nicaragua y Guatemala. Por cuestiones de espacio, no me es posible detenerme en ellas. A fin de esbozar una lectura global de Maletas perdidas, paso a la quinta y última sección, que lleva el título de “Los regresos (El Salvador)” y contiene un total de seis crónicas. A mi entender, el libro nos propone un periplo que parte desde la lejana y fría Alemania; continúa en los esfuerzos y esperanzas de la frontera entre Nicaragua y Costa Rica; se prolonga en la angustiosa periferia de San José; se diversifica en un vistazo a cuatro países; y concluye en el regreso a El Salvador. La penúltima crónica del libro se titula “Parte de guerra”, sin embargo, no tiene que ver con ningún conflicto armado: el texto da cuenta de la lucha de Escudos, primordialmente solitaria, para conseguir la residencia en Costa Rica. No se rindió hasta lograrla; y, una vez conseguida esa íntima victoria, tomó la decisión de regresar a su país: “en ese momento por el cual había peleado, como una guerrera espartana, durante tres largos, improductivos y paralizantes años de mi vida, me dije a mí misma: ‘Es hora de volver’. La batalla había terminado”. Luego, en la última crónica del libro, titulada “Guadalupana”, la autora describe la víspera de la fiesta religiosa del 12 de diciembre en la Basílica de Guadalupe de El Salvador; lo hace con interés y respeto, sin pretensiones religiosas, ni folklóricas, ni desprecio. A mi entender, el libro concluye con una reconciliación modesta y realista entre Escudos y su país: “La medianoche del 11 de diciembre [de 2009], desde el segundo piso de mi nueva morada, veo los juegos de pólvora que queman en la Basílica. Veo las luces de colores reventando en el cielo y pienso que todo esto es una especie de bienvenida. Gracias[,] pues, a quien corresponda”.
Referencias
Diccionario de la literatura centroamericana, Albino Chacón (coord.). Heredia, EUNA, 2011.
Escudos, Jacinta. A-B Sudario. Guatemala, Alfaguara, 2003.
_____. Crónicas para sentimentales. San Salvador, Los sin Pisto, 2021.
_____. Cuentos sucios. San Salvador, Dirección de Publicaciones e Impresos, 2010.
_____. El asesino melancólico. México, Alfaguara, 2015.
_____. El desencanto. San Salvador, Dirección de Publicaciones e Impresos, 2001.
_____. El diablo sabe mi nombre. San Salvador, Los sin Pisto, 2020.
_____. Maletas perdidas. San Salvador, Los sin Pisto, 2020.