
Portada de Ita

Desencanto y dolor
Hay dos palabras que recorren con brillo sutil la novela Ita (F & G Editores, 2017) y que expresan, me parece, un sentido esencial de la rememoración y la restitución políticas, del archivo, de la vida: dolor y cuestionamiento. La novela de Mónica Albizúrez (Ciudad de Guatemala, 1969), en su diagnóstico sobre la “ruina-ciudad” (11 y 143) que es Guatemala después de los treinta años de conflicto político-social que comprende la represión estatal está exenta del fácil y maniqueo pesimismo de muchos maestros literarios de esta época, que se complacen en el anuncio continuo del desastre y de la crisis y en proclamar que la ruina es únicamente miseria, cuando claramente, nos muestra Ita, para tener un cuadro complejo de acontecimientos como los que enmarca esta novela, también es necesario contar la historia de los que quizá estuvieron “del lado del orden”. La ruina es también memoria crítica. Así, quienes, se dice en el propio corpus de análisis de este trabajo, fundaron “la normalidad en lo anormal” (Albizúrez, 2017, p. 79) también hacen parte de la memoria histórica y, por lo tanto, se hace imprescindible verles desde el arte.
En las páginas de Ita hay una ciudad que pervive, zonas que no fueron alcanzadas directamente por el fuego y que, sin embargo, acusaron ―no sin temor ni temblor― un ánimo dolorido, un pathos propio que no necesariamente supone la catástrofe total, sino el matiz y la gradación…
Por una parte, recordemos que a decir de Alejandra Ortiz Wallner ―con quien Albizúrez compartió un proyecto académico publicado en 2013: Poéticas y políticas de género―, la literatura de la posguerra (prioritariamente me refiero a la ficción, a la narrativa) remite a una “sensibilidad” de desencanto devenida así por los proyectos «fallidos» revolucionarios y guerrilleros (Ortíz Wallner 2010). 1 Bajo tal óptica, una característica sine qua non del corpus literario centroamericano del fin de siglo consiste, en palabras de Liano y para el caso de la narrativa guatemalteca, en que ya no se privilegiarán las obras de carácter testimonial ni de denuncia (Visión 260-261), sino que la producción literaria volcará su mirada hacia las consecuencias de las diversas relaciones de violencia en los individuos y en sus relaciones personales, espacio en el que va a predominar la «violencia oblicua» (261), entendida como aquel espacio textual en el cual la violencia está contenida de manera indirecta, sumergida, alegórica, lo que a su vez hace que la narración se transforme en una donde la denuncia social directa ya no aparecerá (261-263) (Ortiz Wallner 75; el énfasis es mío).
Tal literatura “indirecta, sumergida y alegórica” ―e Ita es una muestra cabal de ello― soterra la violencia porque sus autores y autoras así la encuentran en su contexto, pues no sólo está presente de manera explícita, sino también se halla escondida, agazapada, en la cotidianidad y en las falsas babeles. Por lo tanto, la narrativa no niega su necesidad de denuncia, sino que agudiza y vaporiza las técnicas por medio de las cuales nombrará la violencia y el pasado conflictivo; así, se halla en constante reconfiguración dado que los hechos históricos que pretende recuperar no se han resuelto; tienen todavía consecuencias no-medibles; dejan una “estela” histórica de muy difícil aprehensión (sigo a C. Sharpe al hablar de estela histórica).2
Lo anterior se aprecia sin duda en no pocos momentos de la novela de Albizúrez, donde se hace la vista de lado para “ignorar” a las víctimas de la violencia desatada tras la quema de la embajada de España en 1980 (aunque de facto eso es imposible tanto en la diégesis cuanto fuera de ella): “No mirar a los muertos. Cabalgar, cabalgar siempre”, comienza siendo una suerte de consigna para la personaje narradora (Albizúrez, 2017, 36).3 Lo escondido, lo no-dicho, lo sugerido son consignas diegéticas (y también, hay que decir, empíricas).
Esto, a la par de la tensión y el suspenso sobre la desaparición (¿crimen pasional, homicidio político?) de Rolando Cajas, alumno y amante de la madre de Ita, lejos de conseguir un efecto esquizoide, da un cuadro completo, más bien complejo, de la novela como instrumento de exploración del cuerpo social y de lo cotidiano, pues ese asesinato, piensa la abogada, “tiene que ver con la Historia” (78)4. Así, Ita se afirma como un estudio narrativo de la incapacidad para construir una historia nacional guatemalteca completa, porque el dolor tanto de la protagonista cuanto del cuerpo social no cesa en su presencia; no se alivia. La fibromialgia es personal y es política. No se alivia. Va, viene. Duele, calla, grita. La fibromialgia supone, en este caso, una alegoría perfecta.
Acaso por lo anterior, Emanuela Jossa propone que la narradora de la novela “elude la conmoción y el estremecimiento” y ve en ello un “oscurantismo aciago” que, en un primer momento, le impide “hacer preguntas y comprender” (Jossa 4). Sin embargo, y en esto concuerdo con Jossa, será justamente la fibromialgia (esa dolorosa sobreestimulación del sistema nervioso que ya ansiedad, ya depresión causa -o es consecuencia, pues no se tiene claro si uno suscita al otro o viceversa-) la “circunstancia que activa la recuperación” y añado el escrutinio histórico-mnemónico, “pero con muchas dificultades y contradicciones. Por eso también Ita necesita ayuda” y recurre pronto en la diégesis tanto a Sebastián cuanto al archivo. Jossa observa con pertinencia que por tales razones (a mi parecer, son razones netamente indagatorias, pero también suponen justificaciones precisas en la construcción anímica y formativa de la personaje) “el segundo y tercer capítulo se titulan respectivamente “Sebastián/el dolor” y “los archivos” (Jossa 4).
Sufrimiento, esperanza y fraternidad
“No me sirve contar porque empieza no tener sentido catalogar el dolor” (64), dice Ita. ¿No puede postularse esto también para los suplicios sociales? Después de los terribles hechos que tienen ya sus treinta o cuarenta años asediando los territorios de Guatemala, creer en la posibilidad de la retribución cabal, de la memoria íntegra, como los positivistas europeos del s. XIX, es hoy, en Centroamérica, irrisorio; mas igualmente necias son las grandilocuentes cancelaciones de la vida y de la esperanza. Lo anterior se representa muy bien en la novela, porque, aunque en las primeras páginas observamos que “se mantiene la duda, la trampa de la exageración [y] la vergüenza de ser una persona dolorida” (37-38), también, en el “Epílogo” (después de la obtención de respuestas en los archivos sobre el caso de Cajas), la congregación de los personajes en la Marcha del 27 de agosto de 2015 ―donde cientos de miles de personas se expresaron en contra del gobierno de Otto Pérez Molina en la Plaza de la Constitución (181-182)― tenemos una suerte de consuelo colectivo (¿qué marcha no lo es?). Si en el desencanto resuena también el desengaño político, el paso siguiente podría ser el optimismo, la confianza en la sociedad y en que los individuos exigen, saben, cómo deben ser las cosas; la potencia de otra realidad que empuja para mejor. Jossa, por su parte, considera que “el final de la novela no es conciliador, sino revindica la felicidad implicada en la acción política, en la medida en que, como dice Hannah Arendt, transpone la existencia individual a una dimensión plural, capaz de reorientar sus objetivos” (2020, 9). Con estas consideraciones hechas, recuérdese que:
La representación literaria de la violencia ya no se limita pues a la esfera de la denuncia, sino que es producida y trabajada estética y literariamente como múltiples narraciones y ficcionalizaciones de los cambios fundamentales que están viviendo las sociedades centroamericanas, en los espacios «públicos» y «privados» y hasta en aquellos más íntimos e interiores. Más aún, en esta narrativa se evidencia una ruptura de la lógica de lo «público» y lo «privado» en tanto que las violencias se movilizan y atraviesan dinámicamente estos ámbitos, llegando a plantear incluso una confusión entre ambos. Podemos concluir con Paschen (1994: 375) que se trata, también para el caso de esta narrativa centroamericana, de la configuración de una profunda transformación de la sociedad. (Werner y Ortíz Wallner 94)
Lo anterior, me parece, también se vincula con ―e incluye― las tesis sobre el cinismo de Cortez, pues lo público, lo privado (sobre todo lo epistolar), lo legal, lo policiaco, lo laboral y la memoria conviven en Ita y la hacen participar con fruición de las dinámicas del subcontinente. Para decirlo con economía, confusión y transformación sociales se manifiestan con la forma del desencanto y del dolor en la novela de Albizúrez.
En lo anterior resuena asimismo la propuesta de Cristina Rivera Garza sobre el acto de “dolerse” como una respuesta política (y, claro, artística) ante la violencia que tiene transidos nuestros territorios. La polis manifiesta su suplicio y la literatura acusa de recibido el lastimoso mensaje. Así, sobreviene el silencio, el enmudecimiento que provoca el estupor ante la agresión y la impotencia y:
Cuando todo enmudece, cuando la gravedad de los hechos rebasa con mucho nuestro entendimiento e incluso nuestra imaginación, entonces está ahí, dispuesto, abierto, tartamudo, herido, balbuceante, el lenguaje del dolor. De ahí la importancia de dolerse. De la necesidad política de decir “tú me dueles” y de recorrer mi historia contigo, que eres mi país, desde la perspectiva única, aunque generalizada, de los que nos dolemos. De ahí la urgencia estética de decir, en el más básico y también en el más desencajado de los lenguajes, esto me duele (Rivera Garza 13-14).
En este tenor, Luisa Valenzuela propuso una idea sobre la narrativa femenina argentina que expuso la dictadura que hallo pertinente aquí para la hablar sobre la relación conflictiva, pero rehabilitadora de Ita con la historia guatemalteca: “Tengo fe en el poder curativo de la literatura. Escribir sobre el horror que hemos sufrido como pueblo, por más penoso que sea, es una manera de intentar comprender las situaciones en las cuales lo inefable se hizo norma, y de contribuir, indirectamente, a la mejoría de la psiquis social” (Valenzuela 87).
Por su parte, Raúl Zurita nos dice que “sin herida no hay arte” y que “la historia de la poesía es la historia del dolor”; sin embargo, el activista chileno sugiere contundente: “el dolor es la posibilidad del arte, pero nuestro deber es la felicidad” (Stavans y Zurita 147). Por eso, para Raúl Zurita e Ilan Stavans, la frase emblemática de Theodor Adorno, “no se puede hacer poesía después de Auschwitz”, supone un gesto empático que, en última instancia y andando el tiempo, deviene en una frívola mentira, pues la cantidad de poesía escrita desde 1945 “es abrumadora” (Stavans y Zurita 29-30). Así, “la pregunta es exactamente la contraria: cómo se puede, después de Auschwitz, hacer otra cosa que no sea poesía” (Stavans y Zurita, 2014, p. 30). Bajo las claves del vértigo social, de la incertidumbre ante el estado histórico, queda el sano y conciliador desvarío de aferrarse a la felicidad y la bonanza pese los terrores. Ante el llanto y el marasmo, mejor gritar.

Gritar como una forma crítica del desahogo
En su heterogeneidad, sigo evidentemente a Dante Liano, la Centroamérica literaria sería un “proyecto” cultural, una esperanza siempre por perfilar y un cuestionamiento siempre por resolver, dados los diversos y complejos procesos sociales que la atraviesan y le dan identidad como lo que Liano denomina como una “desastrosa condición social” (Liano 53).
Verdad de Perogrullo, en su naturaleza de proyecto, Centroamérica solicita novelas como Ita: ejercicios literarios en los cuales la esperanza y el desencanto antes que contraponerse, se sostengan y corrijan en reciprocidad. Valenzuela expuso en “Lo que no puede ser dicho” que:
En un trabajo de investigación periodística o testimonial, por más profundo o exhaustivo, los culpables tienen nombre propio, reconocible, son perfectamente separables del lector común. En cambio, el personaje de ficción, aquel del nombre inventado, aquel de la ambigüedad, la contradicción y la incertidumbre, ¿acaso no nos atañe a todos? (2002, 87-88).
Otra verdad de Perogrullo, la ficción se asume, desde lo escrito por la argentina, como un espejo que conviene tener enfrente para acercar la Historia a los lectores. Recuérdese que la literatura (y el arte general también) está llamada a expresar lo que la filosofía y otras disciplinas no pueden decir (verbigracia, la exigencia de cómo pueden ser las cosas). Para llevar a cabo tal tarea el arte narrativo proclama sus propias imperfecciones y desajustes y se presenta como un lacayo -lacayo imprescindible, eso sí- de lo que aún tenemos por definir, expresar y construir como especie. Ita, en su construcción desde la pregunta obsesiva y su malestar constante, es un libro que indica una meta que ella misma no podría conseguir -acaso no le interesa a Mónica Albizúrez alcanzarla- y un vacío cognitivo e histórico que no puede colmar. Sin embargo, el señalamiento, mal que bien, es pertinente. Necesario.
Así, la extinción de las utopías autoritarias y totalitarias sólo es alcanzable, creo, si viene acompañada de la lectura crítica de textos como Ita; de la fuerza que alcanzan sus matices y sus específicas perspectivas; de la conciencia de la redención que se busca en la paciencia y la modestia del cuestionamiento y de la investigación que dominan sus líneas. Acaso por eso tales procesos serán tan profundos y tan importantes en las mejores páginas de la novela. No es gratuito que Sebastián funcione siempre como una voz detonadora de preguntas,4 de críticas, de indagaciones interiores (“uno no puede conocer este país por las afueras. Uno tiene que ir bien adentro”, p. 51), de la búsqueda no sólo de cómo son los acontecimientos, sino de cómo debieron ser y que en los archivos de búsqueda de desaparecidos le digan a Ita: “divulgue lo que hacemos, allá afuera hay gente que puede necesitar venir aquí” (97).
Como una condición generativa, como otra enfermedad, el silencio rodea y habita a Ita: “Dentro de mí, el silencio” (154), concluye al saberse una mente que sólo pregunta, que sólo busca, pero que halla pocas respuestas definitivas. En otro momento incluso piensa: “Trato de gritar, pero no salen las palabras. Intento arañar mi lengua, para que salgan. Solamente oigo un sonido chillón. No sé por dónde seguir. Corro rápido. Pero cuanto más corro hacia adelante, más ciega, más topo, más tierra” (171). Para la personaje y para la sociedad, al inicio de la novela, la indolencia es la norma e incluso el grito del inerme es soterrado, acallado: “Gritos subterráneos de otros que resonaban en la indiferencia. Lenguas que no se entienden. Ulula la ciudad. En medio de lo inaudible, la niña de clase media ascendente está aterrada porque nadie le fija el camino” (14). Incluso, más adelante en la historia, la voz narradora dirá de forma categórica: “Todos hemos seguido un extravío. Un camino oculto. Una manera de ganar tiempo. Una forma también de perdernos” (29).
Sin embargo, la novela es una novela de formación: la fría y distante abogada, en su relación con el artista visual, comprometido e indígena (se apellida Toc) que es Sebastián, en su cambio de trabajo para la defensa de mujeres en situación de violencia, en su pesar por el atroz homicidio de la activista Manuela y, sobre todo, en su exploración profunda de los archivos que la llevarán a resolver la identidad de quien fuera asesinado a tiros en “La Granja” y en el entendimiento del pasado de su madre, se convierte en un personaje empático, condoliente:
Condolerse, que no es el discurso de la victimización ni mucho menos de la resignación, sino una práctica de la comunalidad generada en la experiencia crítica con y contra las fuentes mismas del dolor social que nos aqueja, que nos agobia, que acaso también nos prepare para alterar nuestra percepción de lo posible y lo factible. (Rivera Garza, 5)
Las palabras de Rivera Garza se hacen útiles para comprender el proceso de humanización y compromiso social de la personaje Ita, pues gracias a esa condolencia con la víctima de “La Granja”, con Manuela, con su propia mamá y con las mujeres que atiende en su nuevo trabajo se configura como un personaje que indómita y críticamente proyecta esperanza en el mundo. Desaparecen las dudas y llega entonces la anhelada certidumbre como una forma combativa, melancólica, contundente, de la esperanza: “Una certeza me acompaña. Mi historia es mi cuerpo. Soy el cuerpo mío” (p. 179), dirá casi al final de la historia. Y de esa manera, el imperante silencio del interior y del exterior; la indiferencia inicial también, ceden al grito solidario y fraternal de la marcha, de la consigna. Sobreviene así el “Epílogo” que reconoce su factura ficcional al acusar que en ese segmento se concentran los varios “personajes” de la historia, pero que acaso persigue propósitos catárticos, celebraciones políticas:
Los personajes de esta historia nos volvemos a reunir en la plaza central de la ciudad de Guatemala el 27 de agosto de 2015. Día de la histórica protesta en contra de la corrupción y la infamia. […] Y así enfilamos por la sexta avenida. A ritmo de tambores. Con cada redoblar bombea el corazón. Con cada redoblar retumban las voces de los ausentes. La voz de Manuela y de tantos otros. Me dejo arrastrar hacia una plaza desbordante. […] Alguien diga salida. Alguien pronuncie límite. Alguien grite inicio, en este país de profundas heridas (181-182).

Es claro que los tambores, la marcha multitudinaria, el recurso de la construcción anafórica y el ritmo que éste proporciona convocan guiños semánticos de un estado combativo. Si en un inicio el silencio y el dolor son las consignas, en el “Epílogo” Albizúrez, con oficio literario y una escena por demás sentida, deja ver que ese melancólico desencanto primario se ha convertido en una forma aguerrida de esperanza. No resuelve, no restituye, pero revisa con ahínco y con sensibilidad.
¿No es el arte uno de los soportes mnemónicos donde la esperanza tiene sus manifestaciones acaso más emblemáticas? Dice Claudio Magris que únicamente la literatura “es capaz de representar las contradicciones sin resolverlas conceptualmente, sino componiéndolas en una unidad superior, elusiva y musical” (2001, 17). Ita, en sus procedimientos críticos, en su exaltación del cuestionamiento y de la investigación como medios para complejizar la Historia, es una muestra ígnea de esa forma bella, animosa y fraternal en que los seres humanos compartimos el dolor. Logro éste nunca menor.

Bibliografía
Albizúrez, M. (2017). Ita. F&G Editores.
Jossa, E. (2020). Espacio y reorientación en Ita de Mónica Albizúrez. Amerika. (20), 1-10. https://doi.org/10.4000/amerika.11796
Liano, D. (2008). Centroamérica cultural/literaria: ¿Comarca, región, zona, naciones?, en Werner, M. (Ed.), Hacia una historia de las literaturas centroamericanas (Tomo I). F&G Editores.
Mackenbach , W. y Ortiz Wallner , A. (2008, diciembre). (De)formaciones: violencia y narrativa en Centroamérica. Iberoamericana. Nueva época, Año 8(32), 81-97.
Magris, C. (2001). Utopía y desencanto. Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad (J. A. González Sainz, Trad.). Anagrama.
Ortiz Wallner, A. (2010). Espacios asediados. (Re) presentaciones del espacio y la violencia en las novelas centroamericanas de posguerra [Tesis de maestría, Universidad de Costa Rica]. Repositorio CIICLA. https://repositorio.ciicla.ucr.ac.cr/handle/123456789/214
Red investigación literaturas mujeres de AC. (2021, 19 de enero). Conversatorio con Mónica Albizúrez sobre su novela Ita; (2018) [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=_TJzxChd-EY
Rivera Garza, C. (2015). Dolerse: textos desde un país herido. Sur+.
Sharpe, C. (2016). In the wake: on blackness and being. Duke University Press.
Stavans, I. y Zurita, R. (2014). Saber morir: Conversaciones. Universidad Diego Portales.
Valenzuela, L. (2002). Escritura y secreto. Fondo de Cultura Económica.

Juan M. Berdeja
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