Si algo tiene en común los seis excelentes ensayos que componen este volumen no es sólo el dedicarse al examen de las prácticas literarias de autoras cubanas recientes sino, principalmente, el poner el acento en las, tal como afirma Aída Chacón Castellanos, varias disidencias que surcan estas escrituras: rupturas corporales, lingüísticas, temáticas, genéricas, políticas, pero sobre todo vitales, volveré a este punto más adelante.
En la introducción Ivonne Sánchez Becerril da cuenta de los distintos mecanismos mediante los cuales, tanto la crítica como las propias autoras, han buscado visibilizar su ejercicio literario: estudios, encuentros académicos, antologías han sido, de acuerdo con la investigadora, factor fundamental “en la reconfiguración no sólo del canon literario, sino de la idea misma de literatura en Cuba” (15). En esta dirección, Sánchez Becerril ofrece una detallada revisión de las condiciones históricas y culturales en las cual surgen y se desarrollan las prácticas literarias de las narradoras cubanas, lo que permite aproximarse al largo y sinuoso camino que todas ellas (sin excepción) han tenido que recorrer pues, aunadas a las difíciles circunstancias económicas durante el periodo especial, estas autoras se enfrentaron a un hecho que en sí mismo parece representar ya toda una disidencia: ser mujer y escritora. Además de una copiosa bibliografía, el texto de Sánchez Becerril aporta valiosas claves de lectura y de crítica al analizar, por ejemplo, el devenir entre uno de los primeros esfuerzos encaminados a poner en el ojo público la narrativa escrita por mujeres en Cuba, me refiero a la antología Estatuas de sal. Cuentistas cubanas contemporáneas (1996) compilación de Mirta Yáñez y Marilyn Bobes, y el volumen también antológico Ellas vienen conmigo: 15 narradoras cubanas (2016) de Anisley Negrín, en este último trabajo, tal como anota la investigadora mexicana, de nueva cuenta, ante la transformación de las condiciones sociales, pero, asimismo, del cambio en la visión individual de cada una de las narradoras antologadas, se reconfigura el discurso en torno al qué, el cómo y el para quién escriben las mujeres.
El primer ensayo del libro titulado “Narrando al cuerpo lesbiano: deseo y desafío” de Mabel Cuesta aborda, a través del análisis de la obra de tres autoras: Ena Lucía Portela, Mildre Hernández y Yordanka Almaguer una primigenia ruptura, la de una corporalidad negada o silenciada, de hecho, es relevante señalar cómo la noción más estereotipada de la diversidad sexo-genérica y de la persecución a la cual ha sometido el régimen cubano a la comunidad homosexual se ha centrado en los hombres, casos como el de los escritores Virgilio Piñera o Reynaldo Arenas son ampliamente conocidos, sin embargo, del lado de las mujeres homosexuales pareciera existir no sólo más prejuicios, sino un afán de invisibilización aún mayor. Empero, afirma Cuesta:
destacan de entre los relatos lésbicos de Portela la exploración interseccional de un tema tan arduo dentro la experiencia cubana como el de la migración; lo cual contiene per se una fuerte crítica a las barreras insulares y políticas donde Cuba parece sofocarse. La globalización y lo transnacional son asimismo parte del paisaje imaginario con el que dialoga. La reafirmación de lo privado supone al interior del paradigma ideoestético que negocia, una inversión de su tradicional signo negativo (37).
Es decir, Portela traslada la propia vivencia corporal a su escritura asimilando la experiencia migratoria como un desplazamiento más de entre los muchos que sus textos revelan, podría aventurarse que, sumado a lo advertido por Cuesta para quien:
[uno] de los valores que destaca en los cuentos lésbicos de Portela es justamente la recreación hedonista, desenfadada de temas que hasta la aparición en escena de esta generación continuaban siendo invisibles. Si además sirven como herramientas para emplazar a la autoridad y la historia, su valor utilitario se reduplica (34).
El emplazamiento hacia el canon literario se intensifica pues, parafraseando a Piñera, Portela no sólo consuma los tres más grandes pecados que un cubano podría cometer: “ser pobre, escritor y homosexual”, a lo que agrega, además, el de ser mujer.
Lo mismo puede decirse de las otras dos narradoras estudiadas por Mabel Cuesta, tanto la novela infantil “Una niña estadísticamente feliz” de Mildre Hernández, como La mujer de los pájaros de Yordanka Almaguer divergen en la configuración de los cuerpos lesbianos desviando la mirada hacia otras problemáticas como la maternidad, el racismo, la carencia de derechos y de protección para la comunidad LGBTQ+, el machismo, la violencia, etcétera. En suma, este trabajo permite observar las grietas que estas escritoras infringen en el cada vez más endeble muro del poder, ya sea literario o político.
El siguiente ensayo “Gran sinfonía de las notas falsas’: Poética del silencio en la obra narrativa de Karla Suárez” de la autoría de Julio Rojas Castillo y Brenda Michelle Gutiérrez Guzmán indaga en otras de las dos principales estrategias para socavar (agrietar) el poder: el silencio y el secreto, recursos que van de la mano y que Karla Suárez reivindica en su novelística. De acuerdo con los jóvenes investigadores:
Suárez busca amplificar las voces acalladas por el clamor de los desfiles militares. ¿Cómo hablar no sólo de lo que no se puede hablar, sino de su lado más humano? ¿Cómo representar cierta parte de la historia, sin acudir a esa otra zona, indisociable en ella, pero sobrerrepresentada? Éste es precisamente el gran valor de la obra de esta escritora cubana y el núcleo de su poética del silencio (51).
Sin duda, la obra de Suárez apela a la desmitificación de aquella revolución cubana de los sesenta que llegó a representar una suerte de utopía y rito iniciático entre los intelectuales de izquierda, asimismo, con la vuelta de tuerca de los recursos señalados por los estudiosos, esta propuesta narrativa “responde a una dimensión política de la escritura […] que busca apartarse de una cierta tradición narrativa de guerra que privilegió las grandes gestas y los personajes heroicos. Al acudir al reverso de estas narrativas dominantes, Suárez orienta su atención hacia esos sujetos que, desde la óptica del discurso oficial, poco o nada le aportan” (74). De esta manera, la obra de Suárez subvierte el uso dado al silencio y al secreto por el poder “como significante[s] del miedo, de la inseguridad y de la desconfianza”1 y los convierte en una especie de cincel para, poco a poco resquebrajar sus discursos.
“Dos patrias tengo yo: cuatro escritoras cubano-rusas” de Damaris Puñales-Alpízar, tercer capítulo de este panorama, centra su atención en las escritoras llamadas polovinas, hijas de “la primera generación de matrimonios soviético-cubanos” cuya escritura se encuentra signada por su condición bicultural y por las estrategias narrativas que emplean para afrontar dicho estado. Puñales Alpízar concentra su estudio en la obra de cuatro creadoras: Verónica Pérez Konina, Anna Lidya Vega Serova, Polina Martínez Shviétsova, y Helena Bicova, y realiza un seguimiento de varias de las vicisitudes vitales por la que estas narradoras han tenido que atravesar; sobra decir que muchas de tales circunstancias derivan directamente de lo que la investigadora llama un “desgarramiento que es también vaivén entre la cultura rusa y la cubana” (82). Así estas narradoras aportan un carácter singular al horizonte de la literatura cubana contemporánea, “imposible de encontrar o reproducir en ningún otro contexto” (97). La escritura de estas autoras expresa una mirada diferente y, tal como apunta la estudiosa, una vez más, una fisura desde la cual es posible entrever realidades también distintas.
A este mapa se suma el texto de Ana Fernanda Aguilar Alatorre, “Coordenadas de nuevas estrellas: algunas directrices de la ciencia ficción cubana escrita por mujeres”, este sugerente estudio traza justamente una serie de ejes de lectura para abordar la gran producción de ciencia ficción publicada por las jóvenes narradoras cubanas. Nombres como los de Dayna Chaviano, Gina Picart, Chely Lima, Laura Azor Hernández, Yasmín Portales Machado, Maielis Gonzáles, Malena Salazar Maciá y Elaine Vilar Madruga, por mencionar sólo algunas, forman parte de esta basta nómina de autoras que han transformado el género al ofrecer una visión divergente tanto del pasado como del futuro. De acuerdo con Aguilar Alatorre, la expansión temática, lingüística o estilística que estas autoras han dado a la ciencia ficción deviene de su posición marginal como mujeres frente a un género dominado por plumas masculinas, sin embargo, añade la investigadora: “Esta cualidad de expansión no es esencial de las escritoras, pero sí se presenta con mayor fuerza y claridad en quienes escriben desde los márgenes y, en el caso de la ciencia ficción tradicional, la mujer sigue siendo creador desde los bordes” (112). Con todo, las autoras cubanas han sabido sacar provecho de esta posición, pues como afirma Aguilar Alatorre “para estas escritoras, lo ambiguo y lo no definido no es un impedimento, sino una ventaja para crear desde la grieta, desde lo no delimitado, para jugar con el origen, con la historia, con los mitos, con el género y con las experiencias de quienes nacen en espacios marginales” (113).
Por su parte Nanne Timmer en “El selfie y el cuerpo social en Mi novia preferida fue un bulldog francés, de Legna Rodríguez Iglesias” aborda la propuesta de una de las escritoras más disidentes, esto es que se más se “separan de la común doctrina, creencia o conducta” (DRAE); en este caso, de la manera más ortodoxa de vivir y escribir literatura. Para la investigadora, la obra de Legna Rodríguez Iglesias “ha sido discutida dentro de aquella literatura cubana actual que desafía los límites físicos de la nación e implica a un sujeto que ‘no está definido tanto por su ubicación geográfica precisa en un momento dado, sino más bien por su pertenencia a una comunidad global de productores y consumidores de arte en un espacio ‘desfronterizado’” (119). Con un presupuesto claro Timmer indaga en las estrategias narrativas de esta singular poética destacando “algunos aspectos que pueden asociarse a la transficción: el performance del yo, el estilo y la borradura de la nación” (120). Desde mi perspectiva, acercarse a los textos de Rodríguez Iglesias exige justo el cuestionamiento de los aspectos señalados por Timmer, a lo que agregaría tan sólo el empleo de una ironía desbordada, de nuevo en el límite entre lo trágico y lo cómico.
Este en absoluto breve panorama de las prácticas escriturales de las narradoras cubanas ─más bien al contrario, me atrevo a afirmar que este volumen constituye un amplio horizonte de lo que sucede en la literatura cubana─, cierra con el importante acercamiento a otra de las más ricas expresiones escriturales emprendidas por las autoras cubanas, me refiero a la crónica, estudiado por Aída Chacón Castellanos en su texto “La construcción del presente: panorama de la crónica escrita por mujeres en el 15N”. Para Chacón Castellanos, “La crónica, junto con algunas hibridaciones, ha sido el recurso más socorrido para tejer las distintas voces que cuentan lo que pasa en Cuba desde hace varios años hasta el agitado presente. Numerosas narradoras comenzaron a escribir desde diversas perspectivas la realidad de las mujeres que se encuentran activamente demandando cambios sociales” (142).
La estudiosa hace un puntual seguimiento de las periodistas cubanas que se han valido del activismo transmedia como una herramienta que “propone la participación constante [de todos los actores] para la construcción de la ciudadanía. Es decir, a diferencia de los medios de consumo que invitan a la pasividad y la aceptación del orden social sin cuestionamientos, el activismo transmedia quiere lo contrario: la participación constante, dinámica y colectiva para la conformación de nuevas o mejores sociedades”, lo anterior permite intuir los riesgos a los cuales se exponen estas escritoras en el ejercicio de su profesión: persecuciones, censura, intimidación, son sólo algunas de las experiencias narradas por Yoani Sánchez, Geisy Guia Delys, Carla Gloria Calomé, Olivia Manrufo o Mónica Baró quienes, ya sea dentro o fuera de la isla, se han atrevido a denunciar los abusos, las violencias o la represión de todos aquellos que no se alineen con el régimen. Asimismo, la ensayista hace un breve repaso por las por los espacios digitales donde estas escritoras publican sus trabajos: El Estornudo, Rialta, Periodismo de Barrio y El Toque forman parte de esta comunidad que busca dar voz a todos.
Las anteriores líneas, necesariamente sintéticas, no dan cuenta del gran rigor, meticulosidad y riqueza tanto de los ensayos contenidos en este volumen como de la complejidad y diversidad de propuestas que conforman la literatura escrita por mujeres en la Cuba contemporánea, no obstante, puedo afirmar que los seis capítulos de este libro cumplen cabalmente con el propósito anotado por Brenda Morales Muñoz, responsable del Proyecto PAPIIT IA401322, uno de cuyos frutos es este volumen coordinado por Ivonne Sánchez Becerril.
El proyecto “Prácticas literarias de las escritoras latinoamericanas en el siglo xxi”, [surge] pensado para ampliar las investigaciones sobre autoras latinoamericanas y proponer análisis y estudios críticos sobre sus obras. La intención de este proyecto es visibilizar la diversidad de propuestas escriturales de mujeres latinoamericanas nacidas a partir de la década de los sesenta y priorizar las relaciones entre los textos literarios y sus condiciones de producción y recepción (7).
Sólo me resta felicitar a ambas investigadoras por acometer con la seriedad y compromiso que requiere una tarea tan urgente como dar voz a las fisuras, grietas, desgarramientos, hendiduras o a cualquier otra disidencia escrita por mujeres. 2


