PORTADA MISERIA
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Sensorialidad y sororidad en Miseria de Dolores Reyes

Después del éxito comercial contundente de Cometierra (Sigilo, 2019) de Dolores Reyes—la cual se tradujo a 14 idiomas y se convirtió en una serie de Amazon Prime—se publicó la secuela Miseria (2023), en la cual observamos una continuación y expansión del mundo de la protagonista Aylén (alias Cometierra) y su cuñada, la titular Miseria. Retomamos el hilo narrativo con los tres jóvenes—Cometierra, Miseria, y Walter (hermano de Cometierra y novio de Miseria)—yendo para Liniers, en el conurbano bonaerense, o más bien, huyendo de la violencia que los rodeaba en su localidad natal de Podestá.

Pero, por lo menos en un inicio, no logran escapar de la violencia, ni de sus pasados—más bien, los persiguen. Las mujeres siguen afligidas por la memoria de mujeres muertas o ausentes (sean mamás, profesoras o desconocidas desaparecidas), mientras Walter recibe el espectro de su tía—de manera casi literal; Miseria la describe como “seca, casi más flaca que yo, pero alta y fibrosa” (260)—quien busca “guita” (dinero) para su papá ausente, femicidio, y (supuestamente) enfermo. Cometierra, quien tiene la habilidad de ver a la gente que pisaron la tierra que ella luego come, ha dejado de comer la tierra; Miseria está embarazada con su primogénito; y Walter está trabajando para apoyar a los suyos, ya que “quiere a su nueva familia limpia de su mal [el de su papá].” (256)

Es imposible no hacer comparaciones entre Cometierra y Miseria, principalmente porque hay varias cualidades que las dos novelas comparten, primero entre ellas una brevedad en cuanto a sus capítulos cortos y rápidos, escritos con la característica sencillez prosaica de Reyes y apuesta genérico hacía tanto lo fantástico como lo policiaco. Pero mientras Cometierra se trataba de lxs desaparecidxs de manera explícita, con un enfoque sobre Cometierra, en Miseria se divide el enfoque narrativo entre Cometierra y su cuñada. Al dividir la novela entre las dos de tal manera, se diluye un poco el impacto.

Dolores Reyes
Fotografía de Alejandra López

La primera parte de la novela en particular—que ocupa casi la mitad de la novela—avanza lentamente y acaba con el nacimiento del hijo de Miseria, mientras Reyes prepara el terreno para la próxima confluencia de los varios hilos narrativos. Se ocupa en construir el nuevo mundo en que habitan las protagonistas, agrandando el elenco de personajes secundarios y construyendo una red de apoyo tanto para Miseria como Cometierra a través de colegas, mascotas, amigas e hijxs de amigas. La sororidad y familia elegida resultan más importantes que nunca en Miseria, pero a veces los personajes secundarios se construyen como meros instrumentos de la trama y con cabos sueltos. ¿Será que estos cabos sueltos representan un posible continuación y conclusión de la historia en una tercera novela, o tal vez simplemente representan la imposibilidad de una conclusión satisfactoria y feliz para personajes radicados dentro de un sistema de tanta violencia y desigualdad?

Un ejemplo notable de estas maniobras narrativas en Miseria es la figura de Madame La Reina de la Noche, simbolizada por su ojo celeste en forma de pez sin cola, y construida como una figura misteriosa adentrada en la magia negra, pero quién da—más que miedo—la impresión de ser tarotista chantajista de una feria del pueblo. su caracterización no resulta creíble ni congruente, ya que da un toque carnavalesco a la novela, una novela que sí dialoga con lo supernatural y la magia, pero fundamentalmente se arraiga en la brutalidad y realidad de la violencia diaria del conurbano bonaerense.

Sin embargo, Reyes se esfuerza para—y logra, hasta cierto punto—entrecruzar las dos líneas (y preocupaciones) narrativas a lo largo de la novela, aunque a veces eventos claves de la trama surgen y se resuelven abruptamente. Por ejemplo, cuando aparece la idea de abrir un local para atender a familiares de lxs desaparecidxs. Apenas se menciona, y dos capítulos breves después, ya tienen el local.

Las partes dos y tres son más agradables para la lectora por el ritmo y porque nos recuerda el encanto singular de la primera novela en cuanto Cometierra vuelve a sus actividades de vidente. Al final, brinda una conclusión satisfactoria y entendible pero algo apurada, la cual corta un poco el ritmo. Cabe decir que, a mi parecer, el estilo literario de Reyes no se destaca por su sutileza, pero sugiero que, más que un déficit, es una decisión activa, una manera de representar y reflejar la severidad y dureza del entorno de sus personajes a través de la puntualidad de sus palabras. Reyes no es una novelista a quien se lee por la elegancia de sus oraciones, sino por la contundencia de sus conceptos e ideologías transmitidos, y dentro de ellos se esconde una sensorialidad que fascina.

De hecho, en Miseria, observamos un resurgimiento y resignificación de lo sensorial (que también está presente en Cometierra), pero que esta vez hace énfasis en la vista, el ver y los ojos. Mientras Miseria ve para afuera, se instala en su nueva vida, y siempre anda en la calle, con los amigos, con su hijo, Cometierra dirige su vista al interior, a los pensamientos, y sus capítulos son marcados por un tono más reflexivo. Pero a las dos—en especial Cometierra quien expresa que “trato de no mirar a nadie, pero sobre todo intento que nadie me mire a mi” (40)—los ojos los están viendo de todos lados en este “hormiguero” (13) de Liniers, desde las paredes atascadas de carteles de personas desaparecidas hasta Madame misma, la maldad personificada. Por ende, la vista se vuelve una herramienta tanto poderosa como significativa en Miseria, una que conlleva una conexión inextricable con la tierra, ya que es justo la tierra que hace “ver” a Cometierra.

Si bien no es tan singular como su debut, a través de las más de 300 páginas de Miseria, publicada por la casa editorial Alfaguara, la autora sí encadena, explora e indaga en grandes temas narrativos como son la maternidad; la sororidad femenina y queer; y la violencia cíclica e inevitable de un mundo heteropatriarcal, lo cual permite una lectura interesante desde la crítica literaria feminista, incluso una que reconsidera la relación entra cuerpo-tierra.

Entre esos temas, es la sororidad que me parece especialmente destacada. La relación cercana y de mucha confianza entre Miseria y Cometierra es la que impulsa y arraiga la novela en una veracidad de sororidad y cuidado recíproco. En el primer capítulo, Miseria dice: “Me acerco a ella, me agacho, le doy un beso y aprovecho para abrazarla un rato. Ella me atrapa las manos apretándomelas contra su cuerpo.” Aunque está influenciada también por sus sueños con la Seño Ana—otro vínculo femenino clave para nuestra protagonista—quien le recuerda de su deber, de la importancia de no olvidar sobre todo, es últimamente su miedo por la salud de Miseria y su hijo que le convence a comer tierra para Tina en cambio por sus habilidades como partera.

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Si bien está sororidad también se ve reflejada en las relaciones entre mujeres, amigas y conocidas a lo largo de la novela, la demostración de sororidad más feroz llega a su conclusión más visceral en el Corralón Panda de Podestá, cuando una banda de mujeres furiosas quema el edificio como venganza por la falta de justicia ante la matanza de Florencia, hija del barrio. Pero son Cometierra y Miseria quienes comparten el vínculo más importante, siendo Miseria quien le impulsa a Cometierra a abrir su local. De manera recíproca, es su amor por Miseria lo que le hace a Cometierra volver a usar su don y, en consecuencia, volver a reencontrarse a sí misma en su tierra natal, a entender donde se tiene que echar raíces para florecer.

Mientras en Liniers Cometierra extraña “andar en patas, sentarme en nuestra tierra, sentir que me soporta el cuerpo encima, pasarle la mano por arriba, oler” (24). Hasta comenta que “este es un lugar de paso, ninguno de nosotros nació acá. Acá no nace nadie” (24). Se equivoca—con el nacimiento de su sobrino, ese lugar se vuelve casa para Walter y Miseria, pero ella siempre estaba destinada para volver a “la tierra que más me conoce” (310). Hay un destino de vidente, de arraigo a la tierra natal, que ni puede escapar ni olvidar por más que se intente, un ejemplo más de la ciclicidad que opera a lo largo de esta novela en cuanto a la perpetuación de la violencia—se repite una y otra vez, no importa donde estés—pero la sororidad, las redes de apoyo, y la acción colectiva se posicionan como vías de salida del aislamiento social de dicha violencia. Tanto el destino como la violencia no se pueden escapar; lo único que tenemos el poder de cambiar es como nos acercamos y lidiamos con ellos.

Como experiencia lectora, Miseria puede llegar a desencantar justo por la sencillez de la lengua que utiliza Reyes como característica de su escritura, más los cabos sueltos y rápidamente resueltos. Sin embargo, como Cometierra antes, el terreno de análisis feminista que nos proporciona resulta amplio. Demuestra el impacto de la violencia y la precarización, más la eterna, cíclica búsqueda para justicia, en un entorno donde las yutas nada más se encargan de decir: “Dispérsense y abandonen el lugar” (325) mientras chicas “aullan como perras, algunas lloran”.

Miseria es un grito en contra de la indiferencia, uno que resalta que el poder del colectivo resulta el único poder que existe, independientemente de la (a veces) plana caracterización de dicho colectivo. Porque a final de cuentas, todxs son rabiosxs y eso es lo que importa. Es por eso que, en donde sea que esté Cometierra, “acá desaparece gente todo el tiempo. Acá [su] don es oro” (333). No hay escape del ciclo de violencia, pero sí posibilidades.

Acerca de la autora

Lauren Sarah Cocking es licenciada en Español y Letras Inglesas por la Universidad de Cardiff en Gales. Actualmente está cursando la maestría en Letras Latinoamericanas de la UNAM y trabaja como editora, escritora, y traductora literaria.

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